De vuelta.
Nuevo año. Nuevos comienzos. Qué alegría tan grande decirlo sin que suene a frase de calendario ni a novela de las cuatro de la tarde. Durante enero sufrí en silencio, pero intenso, como la protagonista de la novela de las cuatro, jajaja. Un silencio que no era elegante ni místico, sino torpe, lleno de palabras atoradas en la garganta. En una entrada anterior les conté que me habían cerrado el blog. Casi me muero. Lloré mucho. No es metáfora dramática: me dolían las palabras. Literal. Como si alguien hubiera desenchufado el único lugar donde yo sé existir sin pedir permiso. Empecé a tener esa sensación peligrosa de que era mejor no hablar. No pensar. No escribir. Que todo estaba perdido. Que si el archivo digital desaparecía, tal vez yo también me volvía borrable. Qué exagerada, dirán. Sí. Un poquito… dramática y realista. Hice lo único que podía hacer: escribirle a la Universidad Nacional a pedir auxilio. Uno siempre termina escribiendo, incluso para reclamar que no puede escribir. Y ...