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500 noches y un festivo que no te voy a dar

Amaneció en Bogotá con una insolación herética. Un Domingo Santo de cielos limpios y una luz tan cruda que parecía anunciar una liberación o un juicio final. Era un sol que no pertenecía a esta fría ciudad, un sol que iluminaba el polvo sobre la mesita de noche donde el teléfono vibró, rompiendo la tregua. ​Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. Diecinueve días de un guion mal ensayado. Él llegó prometiendo veranos, futuros empalagosos de mierda, con esa épica de sueños inalcanzables que solo habitan en la cabeza de un niño jugando a ser grande. Me ofreció un cuento de hadas de pacotilla y pretendió encontrarse con una mujer ingenua, como si yo fuera una adolescente que todavía espera al amor de su vida.  Yo ya tuve ese y no me gustó; buscar esa ingenuidad a los cuarenta es buscar una historia triste. Menos mal una ya sabe que los astros no se regalan y nadie te los baja. El astro soy yo. ​"Quiero ser honesto", escribió. Y ahí, pareció que ...

El colmo de tu arrogancia.

Bogotá gris Amanece en Bogotá. El cielo tiene ese color gris rata que advierte que hoy la ciudad no va a perdonar nada. Me levanto y la primera certeza, antes que el frío de la habitación, eres tú. Te levantas conmigo o mejor: instalado en mí como un inquilino que cobra arriendo por vivir allí.  Estiro la mano buscando el celular, un reflejo condicionado a la espera de esa vibración, pero la pantalla es un espejo negro que no devuelve nada. Me acuesto pensando en ti y amanezco en el mismo punto; una maratón mental que nunca quise correr y cuya meta se ha disuelto en el aire. Paso a la cocina. Me sirvo la primera taza de café de la mañana: negra, amarga, como me gustan a mí. El pensamiento es automático: A Alberto este café no le gustaría tanto. Me jode que me sigas llevando la contraria con ese silencio que se ha vuelto un argumento imbatible. Es el colmo de tu arrogancia: ganar discusiones sin decir una sola palabra. Me ducho rápido. El agua caliente no me quita el miedo que ...

Me gustas

Las causas: Porque eres luz. Porque me miras y me lees. Porque me besas y me detienes. Porque cuidas en un mundo de gente que solo sabe romper. Porque conoces palabras que yo no ¡eso me encanta! Por tu pelo castaño, tus ojos café y tu tez blanca. Porque me detengo en tu boca, tus pestañas, tus cejas y tus manos. Porque guardo el detalle de la arruga pequeña que nace junto a tu ojo cuando te ríes. Porque con lo que haces cambias vidas. Porque casi siempre dices la verdad. Porque tú paternidad está hecha de presencia y no de discurso. Porque tu sonrisa pícara está llena de posibilidades. Porque eres travieso y te regodeas en ello. Porque tienes la seguridad de los que no tienen nada que demostrar. Porque el mundo te duele y eso te hace real. Porque te apasionas. Porque eres esencia. Porque eres causa en sí misma. Los efectos: Te levantas conmigo. Me acuesto pensando en ti. Te cuelas en mis reuniones de trabajo sin invitación. Ya no puedo tomarme un café sin pensar: Este café no le gustar...

La levedad de Quizás.

Quizás Llegó el viernes y, con él, la manía de hacernos las preguntas que realmente importan porque no tienen respuesta. ¿Por qué te gusto?  Es un disparo al aire.  Si te sientas a responder desde la lógica, se daña ​He aprendido que el destino no se escribe con afirmaciones, sino con ese vacío gris que queda después de un "no lo sé", de un "simplemente lo siento" o de un orgasmo. La pregunta parece una frase sin más, pero fíjate bien: tiene un peso que te hunde los hombros, te da dolor en la espalda, si no sabes llevarla. ​Me impresiona esa vocación humana por la vida pesada. Esa obsesión por arrastrar cadenas, por buscar absolutos donde los que tratamos de responder somos únicos y estamos llenos de dudas. ​Caminamos como si necesitáramos dejar la huella en el cemento duro. Llegamos a la calle fresca, blandita, pero solo esperamos que se endurezca: ese necio afán de la inmortalidad. ​La vida, me pregunta con Drexler, Sabina y Milan Kundera de fondo ¿Cómo  debería s...

Bitácora de un encuentro anacrónico

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Hay historias que solo se sostienen sobre un andamio de olvido. Para que dos personas puedan beberse una copa de vino blanco un martes cualquiera, primero tienen que haber sido capaces de borrarse por completo. Es una ley física de la supervivencia urbana: nadie puede estrenar un presente si arrastra el inventario completo de sus naufragios. ​ Se conocieron en 2018, en una de esas salas de juntas de la Secretaría de Educación en la calle 26, donde el aire tiene la densidad de la alfombra húmeda y la burocracia estancada. Él era el funcionario estrella: una seguridad blindada, la voz proyectada para seducir secretarios con esa forma de remangarse la camisa que dejaba al descubierto una muñeca de geometría exacta. Ella, en cambio, era una mujer aprendiendo el oficio de estar viva, parapetada en la tercera fila. Estaba casada, habitaba su existencia gris, mientras tomaba apuntes con caligrafía meticulosa, registrando no solo los indicadores de cobertura, sino el arco eléctrico que él ...

Hombres de alto valor

Últimamente, la psicología de Instagram y TikTok nos ha escupido una nueva religión: la de ser "hombres y mujeres de alto valor". Como si fuéramos un lote en preventa en la sabana de Bogotá esperando valorizarse antes de que alguien siquiera ponga el primer ladrillo. El problema es que han sustentado ese supuesto estatus en una feminidad y una masculinidad que, aunque juran ser disruptivas, son un nudo de contradicciones digno de un Congreso en pleno debate para una reforma.  Nos venden manuales de etiqueta emocional que parecen sacados de una novela victoriana, pero con filtros de instagram y reguetón sabrocito para que el absurdo no se note tanto. Para mí, el valor no es un precio de mercado ni un algoritmo de redes sociales. El valor es algo mucho más escaso, casi un milagro en estas tierras: La coherencia. Esa extraña y olvidada práctica de pensar, decir y actuar en consecuencia. Punto.  Encontrar a alguien que sostenga lo que dice con lo que hace es, hoy, un hallazgo de ...

Les cuento un secreto, que cada vez se grita más.

Tenemos un imaginario extraño sobre crecer. Creemos que todo será más fácil cuando seamos adultos. De bebés lloramos y nos cargan. De niños hacemos pataleta diciendo que queremos crecer. En la pubertad no nos entendemos ni a nosotros mismos, pero juramos que cuando llegue la vida adulta todo encajará. Como si existiera una estación final: la Madurez, donde por fin lo entendemos todo. Pero no, ¡amigos! Eso no pasa. No hay tal vida adulta donde mágicamente sabes lo que sientes, lo que quieres y lo que puedes sostener. Sigues caminando. Sigues intentando comprender: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Y andar no es posar de valiente. Andar es hacerse cargo de las piedras. Algunos fungen de valientes. Hablan con seguridad. Dicen que están listos. Que ahora sí. Que ya hicieron el trabajo. Pero... cuando el plato está servido… se asustan. El viejo refrán lo explica mejor que cualquier teoría: es más grande el ojo que el buche. En estos tiempos parece traducirse así: Es más g...

De vuelta.

Nuevo año. Nuevos comienzos. Qué alegría tan grande decirlo sin que suene a frase de calendario ni a novela de las cuatro de la tarde. Durante enero sufrí en silencio, pero intenso, como la protagonista de la novela de las cuatro, jajaja. Un silencio que no era elegante ni místico, sino torpe, lleno de palabras atoradas en la garganta. En una entrada anterior les conté que me habían cerrado el blog. Casi me muero. Lloré mucho. No es metáfora dramática: me dolían las palabras. Literal. Como si alguien hubiera desenchufado el único lugar donde yo sé existir sin pedir permiso. Empecé a tener esa sensación peligrosa de que era mejor no hablar. No pensar. No escribir. Que todo estaba perdido. Que si el archivo digital desaparecía, tal vez yo también me volvía borrable. Qué exagerada, dirán. Sí. Un poquito… dramática y realista. Hice lo único que podía hacer: escribirle a la Universidad Nacional a pedir auxilio. Uno siempre termina escribiendo, incluso para reclamar que no puede escribir. Y ...

fin de año: 2025

El 31 de diciembre, más o menos a las seis de la tarde, el celular decidió morirse. Así, sin anuncio previo, sin despedida tecnológica. Se apagó y ya. Con él se fueron los mensajes de “feliz año”, las llamadas tardías, los audios torcidos por el alcohol, ese gesto casi automático de mirar quién se acuerda de una cuando cambia el calendario. Hubo mensajes de fin de año que nunca se recibieron y mensajes que nunca salieron. En el 2025 no pude saber quién se acordó de mí, quién quiso hacerme saber que pensó en mí a medianoche. Y tampoco tuve cómo comprobarlo. Fue extraño. Fue incómodo. Fue, sobre todo, honesto. El fin de año tuvo de todo. Me la pasé puebliando. Caminé calles que no conocía, me refugié bajo sombrillas ajenas, miré luces nuevas, atardeceres lindos, inesperados, de esos que no buscan ser fotografiados pero se quedan igual. Hubo momentos buenos. Insólitos. También hubo tristeza. No una tristeza grandilocuente, sino esa que se posa suave, como un dolorcito persistente en la mi...

Lo que dejan los que no se quedan.

Me gusta pensar que las personas no llegan a la vida porque sí. No creo en los encuentros gratuitos ni en las coincidencias vacías. Cada quien que aparece trae algo entre las manos, aunque no siempre sepamos qué es en el momento exacto en que entra. Algunas personas llegan a enseñarnos cosas incómodas: cómo reaccionamos cuando nos frustran, hasta dónde somos capaces de ceder, dónde se nos rompen los principios y en qué esquina se nos pierden las coherencias. Otras llegan a confirmarnos límites que creíamos flexibles y que resultaron ser frontera. Hay quienes nos muestran para qué sí estamos listos y para qué, honestamente, todavía no. Durante mucho tiempo pensé que la huella que dejaban los demás era solo estrago. El roto. La herida. El dolor que tarda en cerrar. Pero con los años —y con algo de silencio bien aprovechado— entendí que no todas las marcas son incendio. Algunas son limpieza. Hay personas que llegan a barrer. Otras a sacudir el polvo que una ya había normalizado. Algunas a...