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Lo que dejan los que no se quedan.

Me gusta pensar que las personas no llegan a la vida porque sí. No creo en los encuentros gratuitos ni en las coincidencias vacías. Cada quien que aparece trae algo entre las manos, aunque no siempre sepamos qué es en el momento exacto en que entra. Algunas personas llegan a enseñarnos cosas incómodas: cómo reaccionamos cuando nos frustran, hasta dónde somos capaces de ceder, dónde se nos rompen los principios y en qué esquina se nos pierden las coherencias. Otras llegan a confirmarnos límites que creíamos flexibles y que resultaron ser frontera. Hay quienes nos muestran para qué sí estamos listos y para qué, honestamente, todavía no. Durante mucho tiempo pensé que la huella que dejaban los demás era solo estrago. El roto. La herida. El dolor que tarda en cerrar. Pero con los años —y con algo de silencio bien aprovechado— entendí que no todas las marcas son incendio. Algunas son limpieza. Hay personas que llegan a barrer. Otras a sacudir el polvo que una ya había normalizado. Algunas a...

Sueño premonitorio

Todo deseo comienza con una interrupción. No con una certeza, ni con un impulso limpio, sino con una grieta pequeña en la continuidad de lo que creemos estable. A mí se me abrió una noche, en medio de una biblioteca. Caminaba entre estantes interminables, de esos que no ordenan el mundo sino que lo desbordan. Los libros se acumulaban como promesas que nadie ha cumplido todavía. Pasaba los dedos por los lomos sin leer títulos, porque hay momentos en los que una no busca historias, sino señales. Y entonces apareció el hueco. Un espacio donde no debía haber nada. Entre dos libros perfectamente alineados, él. Estaba sentado al otro lado de una mesa larga, excesiva, como si alguien hubiera diseñado la escena para impedir cualquier acercamiento fácil. No lo reconocí de inmediato, aunque algo en su presencia me resultó inquietantemente familiar. No supe decir si lo había visto antes o si mi cuerpo estaba recordando algo que mi memoria todavía no alcanzaba. Me acerqué. No habló. Yo tampoco. Pe...

Elegir el paso

Amor, permíteme caminar contigo. No para llegar. No para salvarnos. Solo para avanzar con los pies conscientes sobre este suelo que no promete nada. Dame la mano. Mírame de frente. No sabemos qué vendrá ni qué tan cruel puede ser el mañana, pero todavía podemos hacer algo sencillo y radical: escogernos. Escogernos sin épica. Sin garantías. Mientras me miras y te sostengo la mirada. Mientras me piensas con esa atención breve que no pretende poseerme. Mientras me besas Despacio, sin prisa.  En la calma del beso con los ojos cerrados.  Mientras me abrazas en las mañanas, cuando el cuerpo aún no decide si quedarse. Mientras toco tus uñas en las tardes, como si fueran una prueba mínima de que el día tuvo sentido. Mientras tomo tu muñeca en las noches, Para comprobar que respiras en el mismo tiempo que yo. Elegir caminar a mi lado no es prometer eternidad. Eso sería una mentira. La gran mentira.  Pero sí es —y aquí no exagero— una promesa de posibilidad. La posibilidad de un fu...

No empezar también es decidir.

                                                      Ángel para un final Fue un adiós. Uno silencioso y en calma. Un adiós con añoranzas.  No hubo pelea, ni siquiera la primera. No hubo gritos, solo ese desencuentro manso que llega cuando dos personas están en el mismo lugar pero ya no en el mismo tiempo. No hubo portazos ni frases punzantes. Solo una mano que se soltaba despacio, al otro lado de una reja, como si el cuerpo entendiera antes que la voluntad. Hubo una pregunta. —Entonces, ¿te irás para siempre? La dije en voz alta. No como reproche ni como amenaza, sino como quien enciende la luz para no seguir caminando a oscuras. La dije porque necesitaba saber dónde estaba parada, porque apostar sin piso no es valentía es vértigo.  Él me miró. Dudó. Y dijo: —No sé. Ese no sé fue lo que dolió. No la negativa. No el límite. La duda. Ese lugar i...

Querer, queriendo nos.

Ave María… a veces me sorprendo diciendo eso sin saber si es por susto, por emoción o porque la vida tiene la mala costumbre de ponerme nerviosa justo cuando las cosas empiezan a salir bien. Hay gente que reza; yo solo digo “Ave María” y me río, porque reír también es una forma de espantar el miedo. El caso es que últimamente me he pillado deseando cosas que había olvidado. Cosas sencillas, casi infantiles: que me quieran así, sin explicaciones, sin formularios, sin disfrazarme de nada. Que me quieran con mi arruga en el ojo izquierdo, con mi ansiedad por las mañanas, con mi risa demasiado fuerte para oficinas silenciosas. Que me quieran sin tener que empujar, sin mendigar, sin convencer. Así, tal cual. Y ya. Y mira tú… aparece alguien que cuando viene cambia el aire. No lo hace rápido, no irrumpe como vendaval. No. Entra como una brisa tímida que se va quedando, se acomoda, pregunta si puede pasar, y cuando una siente, ya está ahí sentado, cruzado de piernas, siguiéndome la corriente ...

Lo que va pasando, y pasa.

Hay amores que una ruega, que una sostiene con las uñas, que una intenta salvar a punta de fe. Yo tuve uno así: de esos en los que una se queda despierta a las tres de la mañana diciendo “yo oro por ti”, aunque por dentro sepa que la plegaria no va a cambiar a nadie. Pero una se empeña. Una cree. Una insiste. Hasta que el alma, cansada, empieza a romperse por dentro. Después vino el golpe. Ese que te deja mirando al techo, sin música, sin palabras, sin disculpas. Ese momento en el que el mundo se encoge hasta convertirse en una sola frase: aprendí. Aprendí que el amor no siempre es compañía. Que hay gente que te quiere menos de lo que tú sabes querer. Y que no por eso se vuelven malos… solo se vuelven insuficientes. En esa época todo se sentía lejos. Él, la vida, los planes, incluso yo. Era como caminar dentro de una canción triste, esa en la que una repite “todo irá bien” solo para no caerse. Me lo dije mil veces. Me lo creí una sola. Pero bastó. La primera vez que una se cree su prop...

Te odio

Te odio, y eso ya es bastante, porque durante años lloré más de lo que cualquier cuerpo debería permitirse. Lloraba en silencio, lloraba despacio, lloraba sin entender por qué. Pensaba que era yo, que tenía algo roto, que estaba hecha de una fragilidad que no sabía controlar. Hasta que un día me di cuenta de que no era yo: era lo que me hacías sentir tú. Te odio porque fuiste el origen de ese llanto que me acompañaba como una sombra húmeda. Ese llanto que parecía amor, pero era tristeza. Ese llanto que yo justificaba como sensibilidad, pero era reacción. Ese llanto que pensé que era mi naturaleza… hasta que empezaste a irte, y las lágrimas empezaron a irse contigo. Te odio porque despertaste en mí emociones que nunca quise conocer: la rabia que arde sin decir una palabra, la bronca que se queda pegada al pecho, el temblor en las manos cuando una se siente traicionada. No sabía que podía odiar. Me enseñaste eso también. Pero mientras tú te desdibujabas, mientras tu presencia se volvía u...

La afortunada

Soy muy afortunada: tengo a mi lado a un hombre que me llevó al feminismo. Secundario es que me haya vuelto feminista debido al profundo dolor que me causó su infidelidad. En este momento, puedo, como una vieja sabia, decirle a mis nietos que no eviten el sufrimiento, que lo vivan, porque incluso desde allí pueden salir cosas increíbles. También les puedo enseñar que el amor del que nos hablan en las novelas y en las películas es maravilloso, es mágico, pero muchas veces ese amor es solo deseo. Y los humanos confundimos eso. Solo lo aprendemos luego, cuando amamos de verdad; cuando nos hacemos conscientes de que las mariposas desaparecen del estómago y se desplazan a las calmas del pecho. Pero luego pueden aparecer muchas personas que te hagan sentir mariposas en el estómago, y a veces vibra su aleteo más abajo. De eso se trata. No hay más. En ese momento te das cuenta de que mil veces, en la adolescencia, confundimos una cosa con la otra. Solo en ese momento nos damos cuenta. También ...

Antes de

La rata negra muerta, con gusanos debajo de la lavadora, anunció el punto final de lo que ya era una muerte anunciada. Cuando cuento esto en voz alta —porque también me lo he contado mil veces en voz baja, a mí misma— las personas abren la boca y no comprenden el nivel de tu traición. La primera pregunta que surge es si no vi señales. O si no me di cuenta de algo. Y la verdad es que sí. Sí lo vi. Lo ví todo.  Sí lo sentí desde el primer día que empezó a pasar. Te pregunté mil veces y, aunque sabía que tus negaciones eran mentira, decidí creerte y decidí quedarme. También decidí no sacarte: la negación interna ayuda a pensar que no es real, aunque todas las evidencias digan lo contrario. El olor a mortecino que invadió el apartamento era solo el reflejo de lo que ya estaba en medio de nosotros. Yo, que cuando me metí contigo dejé de creer en los agüeros, no vi con claridad esto que era una señal del destino. No fue un hecho aislado y desagradable: era el universo gritándome a la car...

Otro viernes para contar

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Era viernes. Otra vez viernes. Ella había aprendido a amar los viernes porque nadie espera que una mujer rota sea funcional los viernes; se permiten las risas flojas, el vino tibio y el silencio cómplice. La casa olía a tostadas y a un incienso barato que encendía solo para engañarse: “aquí hay paz”. - Y algo de paz había, después de todo. Mas de un año entero construyendo quietud, desarmando culpas, aprendiendo a dormir boca abajo sin miedo, sin pierna ajena, sin pedir permiso para existir. Esa noche, mientras hacía scroll con la desgana de quien ya no espera nada, apareció un mensaje. —Hola. No era un “hola” cualquiera.  Era corto, tímido, pero no venía del pasado ni de heridas viejas. No era el “hola” con olor a abogado, problemas, ni ese que trae adjunta una culpa.  Era otro. Nuevo. Limpio. Ella sonrió, primero por reflejo, luego porque sintió un cosquilleo idiota en el estómago. “Qué peligro esto”, pensó. Sabía que los grandes incendios siempre empiezan con un fósf...