Lo que dejan los que no se quedan.
Me gusta pensar que las personas no llegan a la vida porque sí. No creo en los encuentros gratuitos ni en las coincidencias vacías. Cada quien que aparece trae algo entre las manos, aunque no siempre sepamos qué es en el momento exacto en que entra. Algunas personas llegan a enseñarnos cosas incómodas: cómo reaccionamos cuando nos frustran, hasta dónde somos capaces de ceder, dónde se nos rompen los principios y en qué esquina se nos pierden las coherencias. Otras llegan a confirmarnos límites que creíamos flexibles y que resultaron ser frontera. Hay quienes nos muestran para qué sí estamos listos y para qué, honestamente, todavía no. Durante mucho tiempo pensé que la huella que dejaban los demás era solo estrago. El roto. La herida. El dolor que tarda en cerrar. Pero con los años —y con algo de silencio bien aprovechado— entendí que no todas las marcas son incendio. Algunas son limpieza. Hay personas que llegan a barrer. Otras a sacudir el polvo que una ya había normalizado. Algunas a...