19 días y un festivo que no te voy a dar.
Que el sol saliera así en plena Semana Santa en Bogotá ya era una mala señal, algo malo va a pasar. (Referencia al demonio y la señorita Prym para quienes han leído a Paulo Coelho). Mi abuelita siempre decía que de viernes a domingo santo se espera la lluvia como una penitencia obligatoria; que es el duelo por los pecados, el pésame del mundo. Pero ese domingo amaneció con un calor ¡herético! Yo me quedé mirando el polvo que flotaba en el rayo de sol sobre la mesita de noche... Como cuando era chiquita —esa belleza inútil que solo aparece cuando la luz te obliga a ver lo que no has limpiado— es bello ver el polvo flotando. Pensé que ese calor insoportable era lo último que me faltaba por pagar de karma. Una última molestia antes de quedar a mano con esta vida. Pero entonces el celular vibró y entendí que la tregua era mentira. Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. Diecinueve días. Jamás quinientas noches, de un guion mal ensayado. Él lle...