De vuelta.
Nuevo año. Nuevos comienzos.
Qué alegría tan grande decirlo sin que suene a frase de calendario ni a novela de las cuatro de la tarde.
Durante enero sufrí en silencio, pero intenso, como la protagonista de la novela de las cuatro, jajaja. Un silencio que no era elegante ni místico, sino torpe, lleno de palabras atoradas en la garganta. En una entrada anterior les conté que me habían cerrado el blog. Casi me muero. Lloré mucho. No es metáfora dramática: me dolían las palabras. Literal. Como si alguien hubiera desenchufado el único lugar donde yo sé existir sin pedir permiso.
Empecé a tener esa sensación peligrosa de que era mejor no hablar. No pensar. No escribir. Que todo estaba perdido. Que si el archivo digital desaparecía, tal vez yo también me volvía borrable. Qué exagerada, dirán. Sí. Un poquito… dramática y realista.
Hice lo único que podía hacer: escribirle a la Universidad Nacional a pedir auxilio. Uno siempre termina escribiendo, incluso para reclamar que no puede escribir. Y entonces pasó lo que pasa con las instituciones públicas: un silencio reeeeelargo. ¡De esos que ya conoces! uno sabe que son trámite, pero que se sienten como abandono.
Cada día sin respuesta era como abrir el navegador solo para confirmar que la nada también puede tener forma.
Por fin, la semana pasada, la solución.
El blog volvió a mí.
Y fue una escena íntima, casi ridícula: yo frente a la pantalla, mirando mis propias palabras regresar como si hubieran estado en un exilio breve. Ahí estaban. Las entradas desde 2018. Las rabias. Los amores. Las despedidas. Las reconciliaciones conmigo. El archivo vivo de mis versiones anteriores.
Tengo de nuevo mi espacio para contarles el chisme, autoreflexionar, mirar horizontes posibles, inventarme mierdas que la gente cree reales. Es maravilloso. Amo la escritura y amo estar de nuevo acá.
Enero me enseñó algo que me negaba a aprender: que incluso lo que creemos seguro puede desaparecer en un clic.
Pero también me recordó que lo que una escribe con verdad no se evapora tan fácil. Puede cerrarse la puerta, sí. Pero mientras una siga sintiendo la urgencia de decir, el lugar aparece. De una forma u otra.
Nuevo año.
No más silencios impuestos.
Si me van a cerrar algo, que no sea la voz.
¡Estoy de vuelta!
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