fin de año: 2025
El 31 de diciembre, más o menos a las seis de la tarde, el celular decidió morirse. Así, sin anuncio previo, sin despedida tecnológica. Se apagó y ya. Con él se fueron los mensajes de “feliz año”, las llamadas tardías, los audios torcidos por el alcohol, ese gesto casi automático de mirar quién se acuerda de una cuando cambia el calendario. Hubo mensajes de fin de año que nunca se recibieron y mensajes que nunca salieron. En el 2025 no pude saber quién se acordó de mí, quién quiso hacerme saber que pensó en mí a medianoche. Y tampoco tuve cómo comprobarlo. Fue extraño. Fue incómodo. Fue, sobre todo, honesto.
El fin de año tuvo de todo. Me la pasé puebliando. Caminé calles que no conocía, me refugié bajo sombrillas ajenas, miré luces nuevas, atardeceres lindos, inesperados, de esos que no buscan ser fotografiados pero se quedan igual. Hubo momentos buenos. Insólitos. También hubo tristeza. No una tristeza grandilocuente, sino esa que se posa suave, como un dolorcito persistente en la mitad del pecho: no paraliza, pero acompaña.
Escribí.
Escribí mucho.
Escribí como quien se agarra de algo para no caerse.
Y luego llegué a publicar.
Ahí fue cuando lloré de verdad.
La Universidad Nacional había eliminado Blogger de las funciones del correo institucional. Y con eso se fue todo. Todo. Las entradas escritas desde 2018, desde que empecé a escribir con constancia, desde que aprendí a nombrar lo que antes solo dolía. Se perdió el archivo de mi propia voz. Mis duelos, mis ironías, mis viernes, mis versiones antiguas.
Lloré mucho.
No por la plataforma.
Por la historia.
Fue un fin de año de despedida. Como si el universo, sin delicadeza pero con absoluta claridad, hubiera cerrado un capítulo a la fuerza y me hubiera dicho: hasta aquí. No más respaldo. No más archivo. Empiece de nuevo. En serio.
He pensado mucho en eso.
He reflexionado más de lo que quisiera admitir.
La noche obligada del silencio virtual fue, sin yo saberlo, mi inicio del año 2026. Un comienzo sin notificaciones, sin validaciones externas, sin la certeza de quién estaba o no estaba del otro lado de la pantalla. Un comienzo áspero, pero limpio.
Tal vez este sea el año de empezar distinto.
Tal vez el año de escribir sin red.
Tal vez el año de estar sola —sola de verdad— no como consigna ni valentía impostada, sino como experiencia.
Y eso… eso se siente diferente.
No peor.
No mejor.
Diferente.
Como cuando una llega a un lugar nuevo sin mapa, sin contactos guardados, sin historial. Y aun así camina. Porque no queda otra. Porque algo, muy adentro, sabe que empezar de nuevo también es una forma de seguir.
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