El último borrador
Tantas ganas de impresionar al mundo nos llevaron a no
podernos conocer. Tú que hablaste tratando de deslumbrarme; yo que tanto oculté
para acomodarme a tu mundo. Tantas ganas de encontrar lo que yo quería, y
tantas de que tú encontraras lo tuyo, que terminamos por no entender qué
carajos buscábamos. Se supone que de eso se trata: de mirar a alguien de frente
y aceptar sus claros y sus oscuros. El paquete completo. Finalmente, de eso se
trata... y tal vez no. Seguramente no.
Qué belleza la luz de hoy; es lo único que he entendido.
Darse cuenta de que en el camino las cosas cambian, de que
nos entendemos y nos forjamos de una manera diferente mientras la realidad se
distorsiona... es muy difícil de ver al principio. Y ahí radica el problema: el
encuentro casual, el juego del chat y la puta euforia del match siempre
terminan.
Final.
Todo se reduce a una tarea miserable donde pedimos personas
como si hojeáramos un catálogo de IKEA. Lo queremos perfecto. Pero como la
imperfección no tiene garantía de devolución, la desechamos con el típico
libreto de: «No eres tú, soy yo... tengo problemas personales, eres una
bellísima persona, peeeero ya no va más».
Así es el mercado de la conquista actual. Nos deslumbra una
foto con el filtro correcto, pero cuando llega el ser humano real con todo su
equipaje, no sabemos qué hacer con él. Si encaja, perfecto; si no, se tramita
la devolución. Como un artículo averiado. Y ahí es donde piensas: «Ya
sé por qué tú, tan guapo y perfecto que parecías, andabas en la vitrina de las
aplicaciones, en la cesta de rebajas». Lo devolvemos, claro. Pero no sin
antes pasar por esos días de dolorosa espera que conlleva el proceso: días
enteros hablando y preguntándonos qué hacemos, qué almorzamos o a dónde vamos.
Un simulacro de relación que de repente se rompe y te obliga a decir que no.
¿Pero cómo se devuelve a alguien después de haberte desnudado tan rápido para
confesarle lo que te gustaba de él?
Caer en el vacío sobre el que ya estamos parados duele más,
porque por un segundo creímos tener un ancla. Así pasa una y otra vez: next, next,
relación tras relación que escuece porque, en el fondo, no hay nada. Es ahí
donde se crea la barrera; una armadura que nos ponemos para sabernos blindar.
Creemos que sabemos cómo actuar, pero no es madurez: es pánico. El apego
evitativo es la única fuerza que logramos tener: salir corriendo y huir antes
de que nos hagan daño.
Sin embargo, todavía quedan de los otros. Esas personas que
siguen sintiendo y amando sin reservas, que se ilusionan cada día con un nuevo
contacto, con una nueva palabra. Son como un libro hermoso que llega a nuestras
manos; nos parece lindo, pero la verdad es que ya no lo sabemos leer. Aun así,
en ellos vive la esperanza.
Y estamos los otros, los que no somos ni lo uno ni lo otro
sino todo lo contrario. Hablando de lo que no entendemos, luchando por
conseguir un amor que no aparece en la esquina y viendo cómo la vida entera se
nos puede diluir en una sola entrada de blog.
La calle está dura. Intentar conectar con alguien después de
la adolescencia se siente forzado. Y entonces te das cuenta de que siempre fue
forzado, solo que antes no nos dábamos cuenta, lo dejábamos pasar y todo
parecía más fácil. Ahora no podemos dejarlo pasar. Lo forzamos todo mientras
ensayamos una pose para que parezca natural.
Yo ya no estoy para esos trotes de la emoción pura. Yo estoy
pensando. Siento, pero pienso. Lo mío ya no es un gusto desenfrenado; es el
deseo de querer llevar las cosas más allá. Por eso cada paso se vuelve un
laberinto, por la puta manía de querer saber qué hay detrás de la fachada. Y
sí, siento deseo, mucho, mucho deseo. Siento gusto... mucho mucho gusto.
Mucho gusto señor soy Dulce Juana.
Y sí, también siento antojo, peeeero de antojos no viven el
hombre.
No es el momento.
Entonces, ¿qué hacemos?
Así funciona la mente de una mujer a punto de cumplir
cuarenta años.
Sí, Cuarenta años.
Releo las líneas en la pantalla del portátil, quieta en la
penumbra de la habitación mientras el frío de Bogotá se filtra por la ventana.
El computador me entibia las piernas. Es mi propio torrente de honestidad,
finalmente traducido en píxeles.
Cierro los ojos. Guardo la entrada en el servidor, tiro el
ordenador a un lado y tomo el celular que descansa boca abajo sobre las
sábanas. Entro en la galería de fotos y deslizo el dedo hacia atrás, pasando de
largo los selfis en bares y los rostros de tipos de los que ya ni recuerdo el
nombre. Sigo bajando, perforando los años, hasta una carpeta oculta.
Ahí está la luz de una tarde de hace casi dos décadas. Dos
rostros jóvenes riéndose de nada, suspendidos en una época sin obligaciones.
Éramos él y yo. El único hombre al que no me tuve que forzarme para amar.
Selecciono todo el texto de la entrada que acabo de
escribir. Pulsar «Copiar». Abro el correo, lo pego en el cuerpo del mensaje y
tecleo la dirección que me sé de memoria desde la universidad.
En el asunto: Sobre lo que fuimos.
Pulso «Enviar».
El teléfono vibra de inmediato.
Un recuadro rojo parpadea en la pantalla:
«Error de envío. La cuenta de correo no existe.».
Me quedo mirando el aviso del sistema. Apago el teléfono, lo
deslizo bajo la almohada y me doy la vuelta en la cama, dándole la espalda al
reflejo azul que se apaga. Me arropo despacio, cierro los ojos y me dispongo a
recibir, en absoluto silencio, mis benditos cuarenta años.
Comentarios
Publicar un comentario