La fórmula del amor eterno.
https://youtu.be/ObMo7H8CZRg?si=QKZXfc_TO3zL0pX2
Hay amores que son eternos porque no saben envejecer; amores para siempre, amores que por más tiempo que pase no se van a poder olvidar. Nunca, nunca. Solo resta sobrevivir a pesar de todo ese amor.
Y hay muertes que son, sencillamente, incomprensibles... lo que no hay forma de procesar.
Yo conocí a Pablo de una manera que nadie creería. La primera vez que lo vi estaba comiendo helado en un centro comercial, solo. Y quienes me conocen saben que yo no como helado. Ni voy a conocer gente a centros comerciales... Bueno, luego hablamos de la primera cita conociendo gente en aplicaciones (eso es harina de otro costal).
Lo recuerdo sentado, de espaldas; tengo guardado el momento exacto en que volteó a mirar. En ese instante, sin saber que ese hombre se convertiría en el personaje de las fotografías de esta película que nos tomaría quince años ver.
En mi mente se repite como un bucle el día de mi cumpleaños, el 21 de agosto del 2010, cuando todavía se podía fumar en los bares. En medio de las velas y el ruido, presenté a mi hermana con el hermano de quien fuera mi mejor amiga. Un experimento de ingeniería social que se me salió de las manos: a los cuatro meses se casaron. A mí me pareció una irresponsabilidad absoluta: ¡Báñense, hippies! Un arrebato de esos que solo tienen los que no conocen el miedo.
Pero para mi mejor amiga era lo mejor que podía pasar; para ella no era una imprudencia, era amor, la manera correcta de conectar lo verdadero: espontáneo, inmediato, amor a primera vista. Era la unión de dos familias que, a partir de esa noche, iban a estar en contacto por el resto de la vida. (Los que vivimos la historia sabemos que no fue tan sencillo).
Desde entonces, el destino fue un efecto mariposa constante. Quince años de ser espectadores y actores de una misma película. Compartimos amigos, eventos, historias, mentiras, cuentos... Yo hubiera querido estar en el curso de escritura que dictó y no lo hice... por marica. Él no fue solo "el esposo de mi hermana"; fue el testigo de muchas de nuestras grietas. Lo abracé pocas veces, pero lo recuerdo cuando me divorcié... Aunque adoraba a mi ex, su abrazo fue genuino diciéndome que yo había hecho lo que correspondía y que todo iba a estar bien... ese fue un abrazo de verdad.
A él le descargué secretos que se llevó a la tumba y consejos sobre crianza que solo podía dar alguien que nunca tuvo hijos. Me acompañó muchas veces a lavar la loza y alistar las onces de los niños para que trasnochar de fiesta y seguir siendo una mamá responsable siempre fuera reconciliable. Ese fue Pablo. Siempre fuimos los últimos en acostarnos a dormir en la tomata.
Fue el hombre que vio a mi hermana y decidió actuar con ella y para ella, regalándonos la historia de amor más perfecta que he visto. La que sobrevive a todo... la que habló de todo... la que dijo "voy con todo"... y "estoy para ti".
El amor absoluto, ese que ocurre antes de que el engaño real o el hastío se sienten a la mesa. Antes de que la rutina les pusiera un final cliché. Él, como el mejor de los guionistas, decidió apagar la luz y cerrar el telón antes de que la película se pusiera aburrida.
Se acabó la escena y no habrá otra. Dejó a sus espectadoras a oscuras. Recuerdo un día que dijo que él era el actor de mi hermana y su mamá... Si las espectadoras no están, él no tenía por qué seguir actuando. Él vivía porque tenía a dos mujeres que lo querían ver siempre de pie. Pero, antes de que ellas faltaran, él se fue... Eso sí, al final sin ganas; él quería seguir abrazando a Sandra.
Qué dura es la muerte. En el budismo hay un concepto muy bello (pero dificil de lograr) que si se consigue incorporar de manera real a la vida la hace más sencilla.
Somos impermanencia como todo lo que existe. La consciencia real sobre lo fugaz favorece que los seres humanos podamos disfrutar mejor lo que tenemos y vivimos día a día; comprenderlo de manera real nos ayuda a soltar con mayor tranquilidad aquello que se nos escurre entre los dedos y se nos va. Le damos peso a la vida porque solo se vive una vez... ya lo dijo Milán Kundera.
A lo largo de la vida vivimos montones de duelos: perder un empleo que te gustaba, una enfermedad que te quita autonomía o te deja secuelas para toda la vida, una amistad de infancia que se va y no la vuelves a ver, una separación, una decepción de alguien de quien esperabas más y no fue... y finalmente la muerte.
Ante esta última, las otras parecen simples situaciones, tonterías sin importancia por las que no vale la pena preocuparse. Sin embargo, cuando se viven en el cuerpo y la mente, se surten procesos similares: tratar de entender lo que pasó, la negación, el dolor en la aceptación, el recuerdo, la rutina, la tristeza, la rabia, la culpa y, finalmente, la resignación para aceptar que esto se acabó y hay que seguir viviendo a pesar de la ausencia. Solo queda lo más difícil: aprender a vivir sin lo que ya no está.
Estos procesos no son lineales; los vivimos de manera diferente cada persona y en cada circunstancia.
Sin embargo, esta respuesta de duelo es aprendida. Si fuera una condición innata, connatural del ser humano, viviríamos en duelo todos los días y a cada segundo, teniendo en cuenta que el cambio es constante. Pero en nuestra cultura nos han enseñado sobre lazos, relaciones, unión, familiaridad y hábito; así construimos una vida funcional.
Cuando algo de eso cambia... duele. Desajusta, descoloca, mueve. Y entonces, mientras aprendemos a volver a vivir con el vacío, el cerebro trata de solucionar el problema: Piensa una y otra vez, recuerda, siente ansiedad. Es la respuesta de un organismo sano intentando ponerse en marcha. Pero el problema es que la situación no tiene solución. El vacío ya está, ya quedó.
Y hay que ser consciente de que ese vacío no se va a llenar nunca. Solo se va a aprender a vivir en él. Aprender a verlo parado en la ventana fumando con Candelaria o seguir esperando entre por la ventana de la sala, sin que vaya a pasar.
Comentarios
Publicar un comentario