Sobreviví

Cuántas veces me emborraché tratando de superar esto… ya no tengo la cuenta. Fueron demasiadas.

Cuántas veces lloré… tampoco sé. Pero sé que fueron más que las veces en que me emborraché.

Y al principio, cuando todo parecía venirse abajo, cuando la tristeza ma invadía hasta los huesos y la vida parecía no tener bordes, yo solo me preguntaba:

¿Cuándo va a pasar? ¿Cuando voy a dejar de sentir este dolor?


Se lo preguntaba a mis amigas y mi amigo. Una y otra vez. Aburridos de escuchar Fito Paez, me decían, con su amor infinito, que no había respuesta. 

Que para cada persona es distinto.

Esa incertidumbre me llenaba de ansiedad. Buscaba señales, respuestas en todo. Me dolía el brazo izquierdo. Me dolía el pecho. Juraba que me iba a dar un infarto.
Y es que, cuando uno está así de triste… el corazón se rompe.
Y no como metáfora, no. Se rompe en serio.
Se rompen las fibras, una a una. Tantas fibras tiene el corazón, que no sabes cuántas se han roto hasta que todo tu cuerpo duele.

Y te enfermas.
Y no puedes dormir.
Ni comer.
Ni hablar.

Pero un día... sin darte cuenta, empiezas a sanar.

Un día me descubrí hablando otra vez.
Pude volver a reírme comiendo algo rico.
Pude volver a disfrutar una caminata, sacar la perra sin ese peso en el pecho.
Le serví la comida a la gata sin preguntarme por qué carajos tenía que seguir cuidando todo lo que él dejó.


Y ahí supe: 

Está pasando. 

Y volví a dormir boca abajo.
algo que había dejado de hacer... 

Y ahora me doy cuenta de que también está muy chévere dormir sola.
Respirar en la cama. Hacer lo que se me da la gana. Sin tener que dar explicaciones por cosas absolutamente normales.

Cosas que él veía como malas.
Cosas que, con el tiempo, terminé creyendo que lo eran.
Las incorporé tan profundamente en mi cabeza, que me daba miedo, pena, vergüenza decirlas.
Y ahí entendí: aunque fueron 20 años... Tal vez no él no era. Y ya... 

Porque, ¿cómo se vive con alguien a quien le da vergüenza que seas tú misma?

Y justo entonces, justo cuando empiezo a respirar otra vez, tú sales con esta mierda.

Vas y presentas a esa mujer como tu nueva esposa, como si nada.
La llevas a la casa.
Se la presentas a tu mamá.
Le dices a tus hijos que la amas.
Y entonces, otra vez, duele..

Duele profundo. Y no porque te quiera... 
Duele como un retroceso, como si me hubieran devuelto al primer día. Pero sin preguntas, solo el dolor. 
Como si la pesadilla empezara de nuevo, pero esta vez más real. 

Y así pasan los días:
entre dolor, rabia y esta sensación de injusticia.
De ver a personas que fueron importantes para mí hablando con ella, compartiendo espacios, como si no pasara nada.
Y ahí me doy cuenta: quien es amigo de ella, no puede ser amigo mío... Y no como Uribe. Yo no diría: "quien no está conmigo está en mi contra" ... Nooo qué asco eso.  Pero, no podemos ser amigos, porque ella me hizo daño.


Y tú también. ¡Más! 


Y porque tus amigos no son mis amigos.
Nunca lo fueron.
Tuvimos círculos separados siempre, tanto que es casi increíble:
20 años juntos y ni siquiera me seguiste en redes sociales.
Ni siquiera me diste la posibilidad de mandarte una invitación sin que doliera.
Porque sabías —y yo también— que ibas a querer estar con otra persona desde siempre.

Y aunque mi cabeza me dice que el amor es libre, que cada quien decide su camino, mi corazón me grita: ¡Eso no fue justo con usted, mijita!

Pero sí, quizás fue justo con ustedes.

Porque el amor es bello.
Y si lo vivieron, bien por ustedes.
Qué lindo haber sentido las mariposas, los nervios, las manos sudorosas y las ganas de verse a escondidas.
Qué romántico todo.
Qué bonito el fuego de lo prohibido.
Y qué maravilla que en medio de eso haya nacido el amor.

Pero eso no les quita lo hijueputas.
No borra lo malparidos que fueron.
No borra que lo vivieron mientras yo estaba aquí, rota, tratando de sobrevivir.

Lo bueno, lo único bueno, es que ahora soy consciente de que toda esa mierda ya no es mia. Ahora soy yo, distinta... 


Se va lejos.
Se queda entre ustedes.
Y ojalá la pasen bien.
Y ojalá vivan el amor.
Y ojalá, también, les llegue el karma.
Porque los ciclos no paran.
Y el universo no se queda con nada.

Y yo…
yo apenas estoy aprendiendo a vivir de nuevo.

No sé cómo se coquetea.
No sé cómo se vuelve a confiar.
Tengo mil miedos.
Y la gente me dice que es normal.
Pero… ¿es normal sentir todo esto a los cuarenta años?

Y ahí es cuando llegan las lecciones de mis hijos.
Mi niño de trece años, con toda su sabiduría precoz, me dijo el otro día que soy una inmadura por pensar que ella es mi enemiga.
Y tiene razón.
Ni siquiera la conozco.
No sé cómo es su cara.
Pero igual me molesta. Me incomoda. Me da rabia que la gente que me quiere pueda hablar con ella.

¿Saben quiénes son mis verdaderos amigos? Mis hijos.
Y no puedo evitar que hablen con ella.
Porque, aunque yo no sé  sentir odio, quisiera que no esté en mi vida. Y eso es mi problema,  no de ellos. 

Y no, ya no te quiero.
Ni un poquito.
Ni de chiste.
Que te vaya bien ¡a la mierda!
Así, con todas sus letras.

Que tengan suerte. Qué tengas suertecita como diría Bunbury. 
Tú y tu amor.

Y yo, en esta adolescencia a los cuarenta,
solo espero una cosa: sobrevivir. Qué tengan Suertecita

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