500 noches y un festivo que no te voy a dar

Amaneció en Bogotá con una insolación herética. Un Domingo Santo de cielos limpios y una luz tan cruda que parecía anunciar una liberación o un juicio final. Era un sol que no pertenecía a esta fría ciudad, un sol que iluminaba el polvo sobre la mesita de noche donde el teléfono vibró, rompiendo la tregua.

​Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. Diecinueve días de un guion mal ensayado. Él llegó prometiendo veranos, futuros empalagosos de mierda, con esa épica de sueños inalcanzables que solo habitan en la cabeza de un niño jugando a ser grande. Me ofreció un cuento de hadas de pacotilla y pretendió encontrarse con una mujer ingenua, como si yo fuera una adolescente que todavía espera al amor de su vida. 

Yo ya tuve ese y no me gustó; buscar esa ingenuidad a los cuarenta es buscar una historia triste. Menos mal una ya sabe que los astros no se regalan y nadie te los baja. El astro soy yo.

​"Quiero ser honesto", escribió. Y ahí, pareció que el sol se escondió. Confieso que tuve que respirar. Mi intuición llevaba cuatro días diciéndomelo y yo no quise creerle, porque se supone que eso no lo hace un hombre con "inteligencia emocional". Solo que... esa era una idea que él tenía de sí mismo, una etiqueta personal, no necesariamente una realidad. Yo igual ya sabía que él casi siempre decía la verdad; el resto eran mentiras, para él más que para otros.

​Se escudaba en "temas personales" para frenar en seco y esperar que uno, que iba en el mismo carro, saliera volando por la ventana. Se llenó la boca hablando de responsabilidad afectiva para salvar su pellejo moral, usando la frase para mantener su apariencia de "buen ser humano", cuando en el fondo solo era un hombre con hambre de comerse el mundo, pero con una digestión muy lenta para las consecuencias.

​Me pidió vernos. Quería hacer "lo correcto" conmigo, hablar de frente. 

Recordé que una vez mencionó algo sobre mis caras y le dije que no tenía ni idea, que no me había visto. Me dijo: "¿Quieres que te grabe para que te las veas?" Entre risas, obviamente mi cara dijo que no. 

En ese momento, hubiera querido ver esa cara, no las que él tanto mencionaba, me hubiera encantado ver esa cara de mujer de cuarenta perpleja, la cara que se me estaba quedando mientras no entendía nada. Hoy quiero conocer esa cara. En fin, delitos del ego. 

Ya sabemos que esa última conversación es solo una manera de exculparse ellos mismos; darse cuenta de que no son lo que dicen les duele más a ellos, que se lo creían en serio.

​Si algo he aprendido es que la redención de los hombres es un trámite que deben gestionar ellos mismos. Las mujeres no debemos mover un dedo por eso; no se lo merecen y, francamente, ¿para qué sostener a quien no quiere ser sostenido? Ya que estamos en Semana Santa, ¿por qué lavarle los pies a un man? Ni puta que una fuera.

​Le respondí con la precisión de quien no acepta simulacros:

​—No necesito explicaciones extra —le puse—. Me dices que prefieres alejarte antes que compartir tus sombras conmigo. Está bien. No soy yo en tu vida, y tú ya lo tienes claro. Lo pensaste solito.

​No soy de las que cuentan victorias, solo analizo la realidad. Me puse mi mejor vestido y salí a caminar bajo ese sol raro de Semana Santa que parecía hacerme justicia. Me sentía ligera. 

Los hombres en la calle perciben esa ligereza; hay más miradas, más intentos de conversación, esa curiosidad que les da el brillo ajeno pero que claramente no saben sostener. Al final, como dice la canción, cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que dio. 

Él se quedaba con su discurso y su soledad aprendida, de la que se quejaba pero le gustaba. Yo me quedaba con la calle, para volver a empezar.

​Saqué mi celular para borrar su contacto, pero entró una llamada —número desconocido—.

​—¿Juana? Hablo de la Clínica Central. Tenemos aquí a un señor, aproximadamente de cuarenta años. Sufrió un accidente hace una hora. No tiene documentos a la mano, pero el último mensaje que aparece en la pantalla de su teléfono es para usted; por eso la llamamos. ¿Conoce a sus familiares? ¿Tiene cómo ponerse en contacto?

​Sentí el vacío. La cara que no se puede ni se quiere grabar.

​—Dígame qué pasó —susurré, con la voz entrecortada.

—Cruzando la Séptima fue arrollado por un vehículo. Venía mirando el celular. Lo sentimos mucho, señora Juana... el mensaje que él estaba leyendo cuando ocurrió el impacto era suyo.

​Llegué a la clínica y su familia ya estaba allí, rodeando el silencio que él tanto había cultivado. Me entregaron sus pertenencias en una bolsa de plástico. Saqué el teléfono: la pantalla estaba astillada, pero la luz seguía encendida sobre mi última frase: "No me abraces mientras decides irte".

​Entonces, su hermana me entregó un sobre que llevaba en la chaqueta, manchado de un rastro seco. "Íbamos hablar de esto hoy", me dijo. Lo abrí y el aire se me escapó de los pulmones. Eran unas placas de hace dos días: el cáncer de cerebro, ese que creía superado hace dos años, había vuelto para reclamar todo el espacio. El informe médico era una sentencia de muerte a corto plazo.

​En ese momento, la "responsabilidad afectiva" y sus "temas personales" dejaron de ser etiquetas de hombre bueno... para convertirse en su última y más desesperada mentira. Él no estaba huyendo de mí; estaba huyendo de la imagen de sí mismo apagándose en mis brazos. Se inventó una ruptura mediocre para que yo lo odiara, para que su final no fuera mi tragedia. Me negó el abrazo real para no dejarme el olor a hospital en la piel.

​Ya no había sol en Bogotá. El cielo seguía azul, impasible, pero ya no era luz. Me levanté y seguí caminando. Él quería irse para salvarme.  El universo, en su humor más sarcástico, me usó  para pronunciar el adiós que él no tuvo las fuerzas de pronunciar.

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