19 días y un festivo que no te voy a dar.
Que el sol saliera así en plena Semana Santa en Bogotá ya era una mala señal, algo malo va a pasar. (Referencia al demonio y la señorita Prym para quienes han leído a Paulo Coelho).
Mi abuelita siempre decía que de viernes a domingo santo se espera la lluvia como una penitencia obligatoria; que es el duelo por los pecados, el pésame del mundo.
Pero ese domingo amaneció con un calor ¡herético!
Yo me quedé mirando el polvo que flotaba en el rayo de sol sobre la mesita de noche... Como cuando era chiquita —esa belleza inútil que solo aparece cuando la luz te obliga a ver lo que no has limpiado— es bello ver el polvo flotando.
Pensé que ese calor insoportable era lo último que me faltaba por pagar de karma. Una última molestia antes de quedar a mano con esta vida.
Pero entonces el celular vibró y entendí que la tregua era mentira.
Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks.
Diecinueve días.
Jamás quinientas noches, de un guion mal ensayado.
Él llegó prometiendo veranos y futuros empalagosos de mierda, con esa épica de sueños inalcanzables que solo habitan en la cabeza de un niño jugando a ser grande.
Lo normal:
la crisis de los cuarenta en un humano que lo quiere vivir todo antes de morir, pero con el presupuesto para intentarlo.
Me ofreció un cuento de hadas de pacotilla y pretendió encontrarse con una mujer ingenua, como si yo fuera una adolescente aguardando al amor de su vida.
No, mi amor.
Yo ya pasé por ahí.
Yo ya tuve ese y no me gustó; buscar esa ingenuidad a mi edad es buscar una historia triste. Menos mal una ya sabe que los astros no se regalan y nadie te los baja:
El astro soy yo.
"Quiero ser honesto"
Escribió.
Ahí pareció que el sol se escondió.
Confieso:
Tuve que respirar.
Una no es de piedra, el cuerpo siente; con recelo, pero siente. Aunque no parezca. Mi intuición llevaba cuatro días gritándome —esa nunca falla, aunque yo insista en dudar— Una vez más no quise creerle.
Lo sentí ese jueves, cuando el beso de despedida tuvo un sabor de descuido amargo; un rastro metálico, como si me estuviera besando con una moneda vieja.
¿Los argumentos?
Se supone que eso no lo hace un hombre con inteligencia emocional, y él se había jactado de tenerla. Solo que esa era una idea que él tenía de sí mismo, una etiqueta personal, no una realidad.
Yo ya sabía que él casi siempre decía la verdad; el resto eran mentiras, más para él que para otros. Suele pasar: mentimos creyendo que los demás nos creen, sin percibir la manera exacta en la que nos están mirando.
Se escudaba en temas personales para frenar en seco. A mí, que me gusta el cine, me vino a la cabeza la imagen perfecta para su narcisismo:
Él era el conductor invencible; yo, la copilota confiada en medio de un domingo sin afán. Él adelanta de manera irracional y estúpida a un camión, pero aparece al frente un carro: su copilota sale disparada por el parabrisas.
Solo era un hombre con ganas de comerse el mundo —y a todas las del mundo—, pero con una digestión muy lenta para las consecuencias.
Me pidió vernos.
Quería hacer lo correcto, hablar de frente.
Recordé que una vez mencionó algo sobre mis caras y me propuso grabarme para que yo viera mis propios gestos. Entre risas, mi cara obviamente dijo que no.
Pero en ese momento, mientras el tiempo se detenía, hubiera querido ver esa cara de mujer de cuarenta perpleja ante el vacío.
La cara de:
¿Este de qué hijueputas me está hablando
¿Qué es esta mierda?
¿Otra vez el mismo cliché?
... En fin, delitos del ego.
Ya sabemos que esa última conversación es solo un trámite para que ellos se exculpen; darse cuenta de que no son lo que dicen les duele más a ellos, que se lo creían en serio.
Si algo he aprendido es que la redención de los hombres es un trámite que deben gestionar ellos mismos. Las mujeres no debemos mover un dedo; no se lo merecen y, francamente:
¿para qué sostener a quien no quiere ser sostenido?
Ya que estamos en Semana Santa, ¿por qué hijueputas lavarle los pies a un man? Ni puta que una fuera.
Le respondí con la precisión de quien ya se vio la película:
—No necesito explicaciones extra —le puse—Me dices que prefieres alejarte antes que compartir tus temas personales conmigo.
Está bien.
No soy yo en tu vida, y tú ya lo tienes claro.
Lo pensaste solito.
La decisión ya está tomada.
No soy de las que cuentan victorias, solo analizo la realidad. Me puse el vestido más corto que tenía y salí a caminar bajo ese sol, en domingo santo, que parecía hacerme justicia.
Me sentía ligera.
Los hombres en la calle perciben esa ligereza; hay más miradas, más intentos de conversación, esa curiosidad que les da el brillo ajeno pero que claramente no saben sostener.
Al final, cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que dio. Por eso están solos.
Él se quedaba con su discurso y su soledad aprendida; yo me quedaba con la calle, para volver a empezar.
Saqué mi celular para borrar su contacto, pero entró una llamada. El identificador decía "número desconocido". Normalmente no respondo, pero la vibración se sintió distinta.
—¿Hablo con Juana? —preguntó una voz masculina, aséptica, con ese ruido de fondo de máquinas y de afán que solo hay en las urgencias—.
Hablo del Hospital San Ignacio.
Tenemos un paciente de unos cuarenta años que ingresó hace, aproximadamente, una hora. No tiene documentos, pero el último mensaje en la pantalla de su teléfono es suyo.
Necesitamos que venga.
Sentí el vacío. La cara que no se puede ni se quiere grabar.
—Dígame qué pasó —susurré.
—Cruzando la Séptima lo atropellaron. Venía mirando el celular.
Lo sentimos mucho, señora Juana...
Llegué al hospital y su familia ya estaba allí, rodeando ese silencio que él tanto había cultivado. Me acerqué con la vacilación de quien entra a una casa ajena sin permiso; a mí nadie me conocía allí.
Pregunté algo en la ventanilla.
Su hermano se giró hacia mí. Había escuchado mis gemidos a través de la pared del apartamento de él; conocía ese tono de voz que ahora, quebrado, confirmaba quién era yo.
—¿Juana? —me preguntó con una mezcla de reproche y lástima.
—Sí, soy yo —respondí, sintiendo que el nombre me quedaba grande.
Me entregó su celular. La pantalla estaba astillada, pero la luz seguía encendida sobre mi última frase:
"No me abraces mientras decides irte".
Entonces me entregó un sobre que él llevaba en la chaqueta, manchado de un rastro seco. "Íbamos a hablar de esto hoy", dijo sin mirarme.
Lo abrí y me quedé sin aire.
Eran unas placas de hacía dos días: el cáncer de cerebro que creía superado desde hacía dos años había vuelto para reclamarlo todo. El diagnóstico era una sentencia de muerte a corto plazo.
En ese momento, la responsabilidad afectiva y sus temas personales dejaron de ser etiquetas de hombre bueno para convertirse en su última y más desesperada mentira. Él no estaba huyendo de mí; estaba huyendo de la imagen de sí mismo apagándose en mis brazos.
Se inventó una ruptura mediocre para que yo lo odiara, para que su final no fuera mi tragedia. Me negó el abrazo real para no dejarme el olor a hospital en la piel.
Ya no había sol en Bogotá. El cielo seguía azul, impasible, pero ya no era luz. Me levanté y seguí caminando. No me despedí de nadie... esa familia nunca me conoció. Él quería irse para salvarme y lo logró.
El universo, en su humor más sarcástico, me usó para pronunciar el adiós que él no tuvo la valentía de pronunciar.
Me alejé por la calle mientras el polvo que antes bailaba bajo el sol, cruzando mi ventana, se asentaba por fin, estático y gris, sobre las cosas que ya no se mueven.
Había dicho que el astro era yo y lo fui: fui el último destello que él miró antes de que el mundo se le apagara, leyéndome, obedeciéndome, muriendo solo y a oscuras para cumplir mi orden de no tocarme.
Comentarios
Publicar un comentario