No empezar también es decidir.
Ángel para un final
Fue un adiós.
Uno silencioso y en calma.
Un adiós con añoranzas.
No hubo pelea, ni siquiera la primera.
No hubo gritos, solo ese desencuentro manso que llega cuando dos personas están en el mismo lugar pero ya no en el mismo tiempo.
No hubo portazos ni frases punzantes.
Solo una mano que se soltaba despacio, al otro lado de una reja, como si el cuerpo entendiera antes que la voluntad.
Hubo una pregunta.
—Entonces, ¿te irás para siempre?
La dije en voz alta. No como reproche ni como amenaza, sino como quien enciende la luz para no seguir caminando a oscuras.
La dije porque necesitaba saber dónde estaba parada, porque apostar sin piso no es valentía es vértigo.
Él me miró. Dudó.
Y dijo:
—No sé.
Ese no sé fue lo que dolió.
No la negativa.
No el límite.
La duda.
Ese lugar impreciso donde hay interés, pero no el suficiente como para elegirte.
Hay respuestas que no cierran una puerta, pero tampoco la abren.
Respuestas que te dejan suspendida en ese espacio incómodo donde el cuerpo entiende antes que la cabeza, donde el pecho se adelanta al pensamiento y se encoge.
Yo ya le había dicho que me gustaba mucho.
Lo dije creyendo —todavía ingenua— que nombrar el deseo podía abrir un camino.
Lo que vino después fue un silencio largo.
Largo de verdad.
De esos que no son pausa sino confirmación.
Yo quería un comienzo.
Una fecha.
Un punto de partida.
Algo tan sencillo y tan radical como poder decir: aquí empezó.
Quería celebrar meses, tener un aniversario, invitarlo a mi casa cualquier día sin sentir que estaba invadiendo algo que no existía.
Quería la posibilidad —solo la posibilidad— de imaginar un futuro.
No uno eterno.
No uno perfecto.
Solo uno que no estuviera condenado desde el inicio.
Y entonces dijo que no.
Que nunca había hecho eso.
Que no lo iba a hacer ahora.
No fue cruel.
Fue honesto.
Y aun así dolió.
Porque hay verdades que no hieren por la forma en que se dicen, sino por todo lo que clausuran de golpe.
Ahí entendí que no vale la pena sostener una relación que apenas respira en lo cotidiano, pero se niega a mirar hacia adelante.
Que se alimenta de una ilusión frágil mientras guarda, en silencio, su propia fecha de vencimiento.
Que evita empezar porque, en el fondo, ya aprendió a despedirse.
¿Cómo quedarse en algo que solo espera un final?
La despedida fue larga.
El abrazo, intenso.
El beso, prolongado.
Los gestos adquirieron de pronto un peso distinto.
Ese peso que solo tienen las cosas cuando se sabe que son las últimas.
Cuando dejan de ser promesa y se convierten en cierre.
Pesó porque no volverá.
Dolió porque nunca más será.
Y aun así, me fui tranquila.
Triste, sí.
Pero tranquila.
Cerré la puerta y subí las escaleras sin mirar atrás, como se camina cuando una ya entendió algo importante y no quiere arruinarlo con nostalgia. Pensé que pedir un comienzo no era exigir demasiado. Pensé que querer un futuro no era una exageración. Pensé —con una serenidad que me sorprendió— que elegir no quedarse donde hay duda también es una forma de cuidado.
Entonces pasó.
El teléfono vibró en el bolsillo.
No lo saqué de inmediato.
Lo dejé ahí, vibrando, como si el mundo estuviera probando mi pulso.
Cuando por fin miré la pantalla, no había mensaje suyo.
Era la hora.
Solo eso.
La hora exacta en la que, de haber dicho que sí, habría empezado algo.
Un aniversario potencial.
Una fecha que nunca existiría.
Guardé el celular.
Sonreí, sin tristeza.
Ahí entendí el truco final:
no me estaba yendo porque él no supo elegir.
Me estaba yendo porque, sin darme cuenta, yo ya había elegido.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí que perdía algo.
Sentí —con una calma casi indecente—
que había llegado a tiempo a mí misma.
Comentarios
Publicar un comentario