Querer, queriendo nos.
Ave María… a veces me sorprendo diciendo eso sin saber si es por susto, por emoción o porque la vida tiene la mala costumbre de ponerme nerviosa justo cuando las cosas empiezan a salir bien. Hay gente que reza; yo solo digo “Ave María” y me río, porque reír también es una forma de espantar el miedo. El caso es que últimamente me he pillado deseando cosas que había olvidado. Cosas sencillas, casi infantiles: que me quieran así, sin explicaciones, sin formularios, sin disfrazarme de nada. Que me quieran con mi arruga en el ojo izquierdo, con mi ansiedad por las mañanas, con mi risa demasiado fuerte para oficinas silenciosas. Que me quieran sin tener que empujar, sin mendigar, sin convencer. Así, tal cual. Y ya. Y mira tú… aparece alguien que cuando viene cambia el aire. No lo hace rápido, no irrumpe como vendaval. No. Entra como una brisa tímida que se va quedando, se acomoda, pregunta si puede pasar, y cuando una siente, ya está ahí sentado, cruzado de piernas, siguiéndome la corriente ...