Lo que va pasando, y pasa.

Hay amores que una ruega, que una sostiene con las uñas, que una intenta salvar a punta de fe. Yo tuve uno así: de esos en los que una se queda despierta a las tres de la mañana diciendo “yo oro por ti”, aunque por dentro sepa que la plegaria no va a cambiar a nadie.

Pero una se empeña.
Una cree.
Una insiste.
Hasta que el alma, cansada, empieza a romperse por dentro.

Después vino el golpe. Ese que te deja mirando al techo, sin música, sin palabras, sin disculpas. Ese momento en el que el mundo se encoge hasta convertirse en una sola frase:
aprendí.
Aprendí que el amor no siempre es compañía. Que hay gente que te quiere menos de lo que tú sabes querer. Y que no por eso se vuelven malos… solo se vuelven insuficientes.

En esa época todo se sentía lejos. Él, la vida, los planes, incluso yo.
Era como caminar dentro de una canción triste, esa en la que una repite “todo irá bien” solo para no caerse. Me lo dije mil veces. Me lo creí una sola. Pero bastó. La primera vez que una se cree su propia mentira empieza a nacer la verdad.

Y la verdad era simple:
sin ti, estoy bien.

No lo descubrí de golpe, no. Fue una cosa lenta, casi tierna. Como cuando una empieza a limpiar la casa y de repente se da cuenta de que ya no duele el nombre. O que el celular ya no pesa. O que el corazón ya no hace ruido cuando piensas en él. Es un alivio silencioso, casi infantil. Como el primer día después de una fiebre.

Hubo un día —lo recuerdo tan claro— en el que dije en voz alta:
hasta aquí llegué.
Y era real. No un arrebato, no una amenaza, no una pose. Era la certeza que llega cuando ya no hay nada que sostener. Cuando una entiende que insistir también es una forma de dolor.

Ahí empezó lo verdaderamente difícil: el duelo.
Ese duelo cochino, pegajoso, que se mete en las canciones, en la ducha, en los buses, en la cocina. Duele la costumbre. Duele el hueco en la cama. Duele la historia que no fue. Pero el duelo también enseña. Te muestra el tamaño de tu amor y, sobre todo, el tamaño de tu amor propio.

Y entonces pasa lo que nadie te advierte:
un día respiras hondo y sale aire, no llanto.
Un día te ríes de verdad.
Un día miras a alguien más… y no sientes culpa.
Solo curiosidad.
Esa cosquilla traicionera que anuncia que el corazón, terco, empieza a abrirse.

Qué ironía.
Después de tanta lágrima, de tanta canción desgarrada, de tanto silencio, de tanto reconstruirse, la vida te dice:
mira, todavía puedes sentir.

No sé si es amor.
No sé si será algo.
Pero sé que ya no me asusta.
Que ya no necesito a nadie para sostenerme.
Que lo que venga —si viene— será elegido, no desesperado.

Y esa es la diferencia con la que una gana la batalla.

Hoy puedo decirlo sin temblar:
no te necesito, pero te escojo…
y si un día no te escojo más, igual voy a estar bien.

Porque ya aprendí a no morirme de amor.
A querer sin perderme.
A irme cuando me rompen.
A quedarme cuando me cuidan.
Y a reconocer que el corazón, cuando sana, vuelve a cantar… incluso cuando una juró que no.

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