Querer, queriendo nos.
Ave María… a veces me sorprendo diciendo eso sin saber si es por susto, por emoción o porque la vida tiene la mala costumbre de ponerme nerviosa justo cuando las cosas empiezan a salir bien. Hay gente que reza; yo solo digo “Ave María” y me río, porque reír también es una forma de espantar el miedo.
El caso es que últimamente me he pillado deseando cosas que había olvidado. Cosas sencillas, casi infantiles: que me quieran así, sin explicaciones, sin formularios, sin disfrazarme de nada. Que me quieran con mi arruga en el ojo izquierdo, con mi ansiedad por las mañanas, con mi risa demasiado fuerte para oficinas silenciosas. Que me quieran sin tener que empujar, sin mendigar, sin convencer. Así, tal cual. Y ya.
Y mira tú… aparece alguien que cuando viene cambia el aire. No lo hace rápido, no irrumpe como vendaval. No. Entra como una brisa tímida que se va quedando, se acomoda, pregunta si puede pasar, y cuando una siente, ya está ahí sentado, cruzado de piernas, siguiéndome la corriente en mis chistes malos. Y yo, que no me doy cuenta, empiezo a esperarlo.
Ahí es donde empieza mi susto. Porque querer querernos es bonito en teoría, pero en práctica es un acto de fe. Es una caída libre donde lo único que sostiene es la esperanza de que el otro también tenga ganas de saltar. Y sin embargo… últimamente siento el vértigo dulce de quien ya está en el borde.
Lo pienso en silencio, mientras preparo café o pongo música en la cocina: qué peligro tan delicioso es que alguien te guste así. Que no te haga temblar desde el drama, sino desde la calma. Que no quiera poseerte, sino acompañarte. Que no confunda intensidad con tormenta. Qué novedad tan hermosa esa.
Y entonces, la pregunta que me ronda desde hace días es esta:
¿será que esta vez sí vale la pena ir donde nadie quiera ir?
Ese lugar raro donde dos personas se muestran sin maquillaje emocional, donde una dice “mira, yo soy así: me río fuerte, lloro cuando me canso, hablo demasiado, tengo miedo, pero también tengo ganas”. Ese lugar donde uno se arriesga a mirar los ojos del otro sin huir. Ese territorio donde no hay mapas ni pronósticos, pero sí deseo. Y curiosidad. Y una especie de ternura nueva que asusta más que cualquier ruptura.
Ir donde nadie quiere ir es eso: no esconderse. No salir corriendo cuando algo se siente demasiado bien. No levantar muros por costumbre. No asumir que todo lo lindo se rompe. No castigarse por necesitar compañía. No pedir perdón por sentir.
Y yo… yo estoy tentada.
Yo, que prometí no ilusionarme tan rápido.
Yo, que juré que la próxima vez iba a ser más lógica, más zen, más fría.
Yo, que dije que mi corazón era un país cerrado por reformas…
me descubrí hoy diciendo “Ave María”, como quien le pide permiso al universo para volverse a emocionar.
Quizás esta vez no se trata de caer, sino de caminar.
De caminar hacia alguien que también camina hacia mí.
Sin prisa, sin miedo, sin profecías de desastre.
Querer querernos…
qué frase tan simple y tan profunda.
Qué ganas tan tranquilas.
Qué peligro tan rico.
Comentarios
Publicar un comentario