Te odio

Te odio, y eso ya es bastante, porque durante años lloré más de lo que cualquier cuerpo debería permitirse. Lloraba en silencio, lloraba despacio, lloraba sin entender por qué. Pensaba que era yo, que tenía algo roto, que estaba hecha de una fragilidad que no sabía controlar.

Hasta que un día me di cuenta de que no era yo: era lo que me hacías sentir tú.

Te odio porque fuiste el origen de ese llanto que me acompañaba como una sombra húmeda. Ese llanto que parecía amor, pero era tristeza. Ese llanto que yo justificaba como sensibilidad, pero era reacción. Ese llanto que pensé que era mi naturaleza… hasta que empezaste a irte, y las lágrimas empezaron a irse contigo.

Te odio porque despertaste en mí emociones que nunca quise conocer: la rabia que arde sin decir una palabra, la bronca que se queda pegada al pecho, el temblor en las manos cuando una se siente traicionada.
No sabía que podía odiar.
Me enseñaste eso también.

Pero mientras tú te desdibujabas, mientras tu presencia se volvía un eco, yo lloraba menos.
Y en ese espacio seco, sin lágrimas, empezó a asomarse otra cosa: una fuerza que no sabía que tenía.
Una fuerza vital, elemental, casi primitiva, que estaba debajo de todo el dolor como un animal esperando su turno.

Te odio —sí— porque me obligaste a encontrarla a los golpes.

Y sin embargo, entre ese odio que aparece de vez en cuando como un mal recuerdo, también aparece la otra parte: la compasión. La que llega sola. La que se instala sin permiso.
No para perdonarte.
No para justificarte.
Solo para entender que debe haber sido difícil también para ti cargar con tus vacíos, tus decisiones y tus pequeños desastres.

El odio dura un instante.
La compasión, en cambio, tiene la mala costumbre de quedarse.

Te odio por todo lo que dolió.
Pero también —aunque no quiera admitirlo— te agradezco haberme obligado a encontrarme a mí, ahí donde yo creía que solo había lágrimas.

Porque ahora lloro menos.
Siento más.
Y soy más mía que nunca.

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