El colmo de tu arrogancia.

Bogotá gris

Amanece en Bogotá. El cielo tiene ese color gris rata que advierte que hoy la ciudad no va a perdonar nada. Me levanto y la primera certeza, antes que el frío de la habitación, eres tú. Te levantas conmigo o mejor: instalado en mí como un inquilino que cobra arriendo por vivir allí. 

Estiro la mano buscando el celular, un reflejo condicionado a la espera de esa vibración, pero la pantalla es un espejo negro que no devuelve nada.

Me acuesto pensando en ti y amanezco en el mismo punto; una maratón mental que yo no quería correr y cuya meta se ha disuelto en el aire.

Paso a la cocina. Me sirvo la primera taza de café de la mañana: negra, amarga, como me gustan a mí. El pensamiento es automático: A Alberto este café no le gustaría tanto. Me jode que me sigas llevando la contraria con ese silencio que se ha vuelto un argumento imbatible. Es el colmo de tu arrogancia: ganar discusiones sin decir una sola palabra.

Me ducho rápido. El agua caliente no quita el susto. Me gustas tanto que me asusta; eres una amenaza directa a mi estructura, a mi soltería blindada y a mi control de daños.

Miro el reloj. Tengo que ir a la universidad. Hoy me toca redactar un documento técnico para apagar un incendio académico; uno de esos que la curiosidad mal calculada de los periodistas ha dejado arder en los pasillos, quemando reputaciones a punta de adjetivos. 

Llego a la oficina. El ambiente huele a papel viejo y a burocracia intelectual. Me encierro a corregir párrafos, a buscar la palabra precisa que calme el caos mediático mientras por dentro todo es un desorden. 

Pulo sentencias, estructuro respuestas que nadie quiere dar pero que son necesarias para sosegar las aguas. Pero entre artículos y comas, aparece el inventario.

¿Por qué?

Porque eres luz, Alberto, y yo soy esa polilla masoquista que nunca aprendió a guardar las distancias. Porque me miras y me lees; yo, que he pasado la vida editando mis muros para que nadie pase, descubro que tú detectabas las erratas en mi seguridad. 

Cuando tus labios tocaban los míos, el mundo se quedaba en pausa, como si el tiempo se hubiera quedado sin batería. No había pasado ni futuro, solo tu boca, tus pestañas y esas manos que sabían cuidar en un mundo experto en romperlo todo.
Ajusto un punto seguido en el documento sobre "ética y juventud". 

Hablo de procesos y consensos, pero habito la arruga pequeña que nace junto a tu ojo cuando te ríes. Te cuelas en mi redacción sin invitación. Me acuerdo de tu sonrisa pícara, de tu forma de regodearte en la travesura, como si el mundo fuera un patio de recreo hecho solo para ti. Tienes esa seguridad del que no tiene nada que demostrar, esa quietud del que se sabe causa en sí misma.

Termino el informe. Salgo al campus y el frío bogotano me recuerda que el abrigo es una mentira. Busco los audífonos. Necesito tu voz. Pongo un mensaje guardado: "Hola, Juana", dices desde un archivo digital. Me cuentas de tu día, de cómo te apasionas por cosas que a nadie más le importan. Me hablas de tus hijos y sonrío porque tu paternidad nunca necesitó discursos, solo presencia.

Casi siempre decías la verdad; las mentiras las reservabas para ti. Con tu mirada de niño inquieto apagabas tus pensamientos y seguías jugando.

Llego a casa. La noche cae con su peso de costumbre. Mi cuerpo te extraña con una intensidad que me descoloca. Siento el gusto repartido equitativamente: en el pecho, el estómago, la cabeza y en la entrepierna. 

Te quiero besar. 

Te pienso y me desvelas analizando efectos, este círculo vicioso de curiosidad y asombro. Pienso escenarios donde nos volvemos a ver. Planeo el próximo encuentro con la precisión con la que redacto mis documentos. Pero no hay estrategia que valga ante un inventario que solo suma ausencias. 

Mañana será otro día gris en Bogotá, y sé que te vas a levantar conmigo otra vez.
Me sirvo otro café y miro tu chat. Sigo apareciendo como "Escribiendo..." durante minutos, borrando mensajes que nunca te van a llegar. Me pregunto si en el más allá también hace este frío horripilante, o si finalmente lograste, después de irte, que alguien te sirviera un café a tu altura.

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