La levedad de Quizás.

Quizás

Llegó el viernes y, con él, la manía de hacernos las preguntas que realmente importan porque no tienen respuesta. ¿Por qué te gustó? ¿Por qué me amas? Son disparos al aire. Si te sientas a responderlas con lógica, las matas.

​He aprendido que el destino no se escribe con afirmaciones, sino con ese vacío gris que queda después de un "no lo sé", de un "simplemente lo siento" o de un orgasmo. La pregunta parece una frase sin más, pero fíjate bien: tiene un peso que te hunde los hombros, te da dolor en la espalda, si no sabes llevarla.

​Me impresiona esa vocación humana por la vida pesada. Esa obsesión por arrastrar cadenas, por buscar absolutos donde los que tratamos de responder somos únicos y estamos llenos de dudas.

​Caminamos como si necesitáramos dejar la huella en el cemento duro. Llegamos a la calle fresca, blandita, pero solo esperamos que se endurezca: ese necio afán de la inmortalidad.

​La vida, me pregunta con Drexler, Sabina y Milan Kundera de fondo ¿Cómo  debería ser? Ellos dicen: liviana.

​Yo digo que no.

​Debería ser luz, algo que se deslice, que se sienta fresco como el primer sorbo de un trago helado o del mejor café en una mañana fría.

​Nos confundimos: creemos que para estar aterrizados hay que ser densos. Error. De la tierra también se puede sacar luz, y no necesitas cargar con una tonelada de razones para permitirte, simplemente, ser.

​Usemos las palabras para buscar matices; de todas formas, para tener verdades absolutas ya está el resto de la semana. Honremos la sutileza de los viernes, los grises. La vida no es un contrato de certezas, es un río con infinitos cauces.

​He pasado años sintiéndome incómoda por recordar. Recordar los pequeños matices. Soy esclava de lo que parece insignificante, del color, de la forma... a veces me da agonía, recuerdo detalles. Yo recuerdo eso que para los otros es ridículo. El problema es que es lo único que hay: ser la que guarda las palabras que quedan.

​Resulta que la palabra "quizás", que en algún momento pensé por alguien más, era realmente para mí. Porque la gente pasa, sí, pero las palabras que quedan a veces nos cuentan una historia que no es solo nuestra; ese es el peso de estar vivos aunque nos resulte tan insoportable.

​Nos inventamos recuerdos para no aceptar que, en el fondo, somos tan livianos como el aire que ya pasó.

​Salud por la luz, por la tierra. Y por las palabras que queremos seguir creyendo para sentirnos, finalmente, inmemorables: inmortales. 

Quizás. 

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