Sin permiso de la naturaleza
Hace 19 años fui mamá por primera vez y hace 14 por segunda. Y sí, cada año esta entrada comienza así, porque escribir hoy tiene más que ver con el día en que yo parí que con el día en que ellos nacieron.
Yo; yo, que sufrí cada contracción y cada cortada para ser mamá. Cada aguja, cada miedo y cada estría que me marcó para siempre.
Por eso, agradezco infinitamente al universo haber sido mamá a pesar de que no hubiera condiciones naturales para serlo. Nací con una enfermedad y no sabía que no podía; tuve hijos sin permiso de la naturaleza y gracias a la ciencia, que me lo permitió. En el siglo XIX, me hubiera muerto antes de parir al primero.
Cuando tuve a mi segundo hijo me informaron que yo no podía tener bebés. Menos mal fue un poco tarde, porque yo ya tenía dos y ni un poquito de ganas de tener uno más. Tenía todo lo que quería: una familia de cuatro para ser feliz, con un perro, dos gatos y 27 peces.
Con el paso de los años, nos volvimos una familia de cinco: mis dos niños, una perra, una gata y yo, que nos hacemos felices, lo cual es aún más bonito.
Ahora vivo con un par de manes que me cuentan si una pelaa les gusta, que me confiesan que tienen traumas heredados y que por eso no quieren tener una relación formal; que me ven llorar y me abrazan. Tengo un par de manes con los que vivo y con quienes podemos decidir tranquilamente qué pedir por Rappi porque ninguno quiere cocinar.
Vivo con dos manes, soy la única mujer y me les aguanto de todo... Vivo con un par de manes a los que llevo al médico cada vez que están enfermos, les doy agüitas recomendadas por mi abuelita y mi mamá, les toco la frente cada vez que se sienten mal y les doy un beso cada noche antes de irme a dormir.
Vivo con un par de manes grandes a los que amo con todo mi ser...
Vivo con un par de manes que, sin hacerme show, me comparten su ubicación porque saben que no los quiero vigilar, sino solo estar pendiente de que estén bien. Vivo con un par de manes a los que no les importa si les pregunto: «¿Usted con quién está?». Vivo con un par de manes a los que les puedo poner límite de llegada. Vivo con un par de manes que me cuentan todo, porque aquí no hay regaño: hay consejo.
Vivo con un par de manes con los que a veces me pongo seria... porque, a fin de cuentas, son manes y a veces toca ponerse así.
Y cada vez que les beso la frente, me doy cuenta de que son grandes para los demás, pero no para mí. Ellos son un par de niños. Mis niños... Soy una mujer de 39 años que vive con dos manes. Un par de manes chiquitos.
Vivo con dos... y soy la mujer más feliz del mundo. Vivo con dos que entienden que soy mamá y también mujer; amiga, hermana, trabajadora, dueña de mascotas... Y por eso entienden también que esto no es fácil, que lo hago lo mejor que puedo con lo que tengo: una maleta enorme de miedos, traumas, dolores y angustias, donde lo que más pesa es mi profundo interés porque sean felices... a pesar de su mamá.
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