Sueño premonitorio

Todo deseo comienza con una interrupción.
No con una certeza, ni con un impulso limpio, sino con una grieta pequeña en la continuidad de lo que creemos estable. A mí se me abrió una noche, en medio de una biblioteca.

Caminaba entre estantes interminables, de esos que no ordenan el mundo sino que lo desbordan. Los libros se acumulaban como promesas que nadie ha cumplido todavía. Pasaba los dedos por los lomos sin leer títulos, porque hay momentos en los que una no busca historias, sino señales.

Y entonces apareció el hueco.

Un espacio donde no debía haber nada.
Entre dos libros perfectamente alineados, él.

Estaba sentado al otro lado de una mesa larga, excesiva, como si alguien hubiera diseñado la escena para impedir cualquier acercamiento fácil. No lo reconocí de inmediato, aunque algo en su presencia me resultó inquietantemente familiar. No supe decir si lo había visto antes o si mi cuerpo estaba recordando algo que mi memoria todavía no alcanzaba.

Me acerqué.

No habló.
Yo tampoco.

Pero su mirada se movía con una precisión casi incómoda, como si supiera cosas que yo aún no me había atrevido a pensar. No era una mirada que invitara; era una mirada que esperaba. Y eso, sin saber por qué, me puso en alerta.

Sentí el deseo —claro—, pero también algo más: una resistencia leve, una duda sin palabras. Aun así avancé. Apoyé las manos sobre la madera y subí las rodillas a la silla, inclinándome hacia él. El gesto era torpe, decidido, vulnerable. Quería besarlo.

Él no se movió.

Ni rechazo ni respuesta.
Ni una mano, ni una inclinación, ni un gesto mínimo que confirmara el encuentro.

Solo quietud.

Una quietud tan pulcra que parecía una elección.

Eso fue lo que me incomodó. No el silencio, sino la pasividad perfecta. La sensación de estar poniendo el cuerpo, el deseo y el riesgo… frente a alguien que se quedaba intacto.

Rodeé la mesa. La silla crujió. Toqué su hombro, esperando —no sé qué—. Quizás una reacción tardía. Quizás una señal de vida.

Nada.

Me miró como si todo ya hubiera ocurrido en otra dimensión donde yo no había sido invitada.

Y entonces entendí que no era miedo al beso lo que sentía, sino temor a la inmovilidad. A ese tipo de hombres que no se van, pero tampoco llegan. Que no niegan, pero tampoco eligen. Que permanecen como si eso fuera una virtud.

Me alejé.

Caminé hacia la salida con el cuerpo encendido y la intuición despierta. El aire parecía saber más que yo. Al despertar, la sensación fue confusa: placer sin consumación, deseo sin alivio. Algo delicioso y profundamente incómodo.

Durante el día pensé en él —en el del sueño y en el de la vida—, tratando de entender por qué el recuerdo no me daba calma, sino una especie de alerta suave. Como una señal que no grita, pero insiste.

Esa noche, mientras buscaba un libro cualquiera, noté algo mínimo: un espacio vacío en el estante. Un hueco donde juraría que antes había dos libros apoyados el uno en el otro.

Sonreí.

No porque el sueño hubiera anunciado un encuentro, sino porque finalmente entendí su advertencia. No soñé con él para desearlo. Lo soñé para reconocerlo.

El miedo no era al amor.
Era a quedarme moviéndome sola frente a alguien que había decidido no hacerlo.

Algunas historias no empiezan con promesas ni con besos, sino con una revelación discreta: hay personas que no se resisten por falta de interés, sino por una fidelidad profunda a su propia quietud.

Y esa noche comprendí algo más:
no todo deseo que aparece es una invitación.
A veces es solo un aviso.

Por eso la sensación final no fue sorpresa.
Fue claridad.

Qué raro.
Qué preciso.

Como cuando la vida, con una cortesía inesperada, te muestra el desenlace antes de que tengas que aprenderlo a golpes. Y sin embargo, decidimos el golpe.

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