Lo que dejan los que no se quedan.
Me gusta pensar que las personas no llegan a la vida porque sí. No creo en los encuentros gratuitos ni en las coincidencias vacías. Cada quien que aparece trae algo entre las manos, aunque no siempre sepamos qué es en el momento exacto en que entra.
Algunas personas llegan a enseñarnos cosas incómodas: cómo reaccionamos cuando nos frustran, hasta dónde somos capaces de ceder, dónde se nos rompen los principios y en qué esquina se nos pierden las coherencias. Otras llegan a confirmarnos límites que creíamos flexibles y que resultaron ser frontera. Hay quienes nos muestran para qué sí estamos listos y para qué, honestamente, todavía no.
Durante mucho tiempo pensé que la huella que dejaban los demás era solo estrago. El roto. La herida. El dolor que tarda en cerrar. Pero con los años —y con algo de silencio bien aprovechado— entendí que no todas las marcas son incendio. Algunas son limpieza.
Hay personas que llegan a barrer.
Otras a sacudir el polvo que una ya había normalizado.
Algunas ayudan a trapear el corazoncito sin hacer ruido, sin promesas, sin quedarse a vivir. Y se van.
Y aunque duela, dejan el espacio un poco más habitable.
Cada entrada ordena algo.
Cada despedida obliga a revisar la casa interna.
A botar lo que ya no sirve.
A comprar un mueble nuevo.
A cambiar de lugar una idea vieja.
No para el próximo, no como cálculo.
Sino porque una aprende.
Me gusta imaginar que mientras tanto —mientras yo organizo, pinto, aireo— ese otro también anda recibiendo a otras personas. Que allá, en otra casa, también se están acomodando cosas. Que nadie llega terminado a ningún encuentro, pero que algunos llegan mejor dispuestos.
Y que cuando finalmente coincidan dos casas listas para ser habitadas —no perfectas, no intactas, solo honestas— no será porque se necesitaban, sino porque se eligieron.
Eso me tranquiliza.
Pensar que no todo lo que se va es pérdida.
Que no todo lo que duele es retroceso.
Que a veces la vida solo está haciendo espacio.
Comentarios
Publicar un comentario