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Mostrando entradas de febrero, 2026

Hombres de alto valor

Últimamente, la psicología de Instagram y TikTok nos ha escupido una nueva religión: la de ser "hombres y mujeres de alto valor". Como si fuéramos un lote en preventa en la sabana de Bogotá esperando valorizarse antes de que alguien siquiera ponga el primer ladrillo. El problema es que han sustentado ese supuesto estatus en una feminidad y una masculinidad que, aunque juran ser disruptivas, son un nudo de contradicciones digno de un Congreso en pleno debate para una reforma.  Nos venden manuales de etiqueta emocional que parecen sacados de una novela victoriana, pero con filtros de instagram y reguetón sabrocito para que el absurdo no se note tanto. Para mí, el valor no es un precio de mercado ni un algoritmo de redes sociales. El valor es algo mucho más escaso, casi un milagro en estas tierras: La coherencia. Esa extraña y olvidada práctica de pensar, decir y actuar en consecuencia. Punto.  Encontrar a alguien que sostenga lo que dice con lo que hace es, hoy, un hallazgo de ...

Les cuento un secreto, que cada vez se grita más.

Tenemos un imaginario extraño sobre crecer. Creemos que todo será más fácil cuando seamos adultos. De bebés lloramos y nos cargan. De niños hacemos pataleta diciendo que queremos crecer. En la pubertad no nos entendemos ni a nosotros mismos, pero juramos que cuando llegue la vida adulta todo encajará. Como si existiera una estación final: la Madurez, donde por fin lo entendemos todo. Pero no, ¡amigos! Eso no pasa. No hay tal vida adulta donde mágicamente sabes lo que sientes, lo que quieres y lo que puedes sostener. Sigues caminando. Sigues intentando comprender: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Y andar no es posar de valiente. Andar es hacerse cargo de las piedras. Algunos fungen de valientes. Hablan con seguridad. Dicen que están listos. Que ahora sí. Que ya hicieron el trabajo. Pero... cuando el plato está servido… se asustan. El viejo refrán lo explica mejor que cualquier teoría: es más grande el ojo que el buche. En estos tiempos parece traducirse así: Es más g...

De vuelta.

Nuevo año. Nuevos comienzos. Qué alegría tan grande decirlo sin que suene a frase de calendario ni a novela de las cuatro de la tarde. Durante enero sufrí en silencio, pero intenso, como la protagonista de la novela de las cuatro, jajaja. Un silencio que no era elegante ni místico, sino torpe, lleno de palabras atoradas en la garganta. En una entrada anterior les conté que me habían cerrado el blog. Casi me muero. Lloré mucho. No es metáfora dramática: me dolían las palabras. Literal. Como si alguien hubiera desenchufado el único lugar donde yo sé existir sin pedir permiso. Empecé a tener esa sensación peligrosa de que era mejor no hablar. No pensar. No escribir. Que todo estaba perdido. Que si el archivo digital desaparecía, tal vez yo también me volvía borrable. Qué exagerada, dirán. Sí. Un poquito… dramática y realista. Hice lo único que podía hacer: escribirle a la Universidad Nacional a pedir auxilio. Uno siempre termina escribiendo, incluso para reclamar que no puede escribir. Y ...

fin de año: 2025

El 31 de diciembre, más o menos a las seis de la tarde, el celular decidió morirse. Así, sin anuncio previo, sin despedida tecnológica. Se apagó y ya. Con él se fueron los mensajes de “feliz año”, las llamadas tardías, los audios torcidos por el alcohol, ese gesto casi automático de mirar quién se acuerda de una cuando cambia el calendario. Hubo mensajes de fin de año que nunca se recibieron y mensajes que nunca salieron. En el 2025 no pude saber quién se acordó de mí, quién quiso hacerme saber que pensó en mí a medianoche. Y tampoco tuve cómo comprobarlo. Fue extraño. Fue incómodo. Fue, sobre todo, honesto. El fin de año tuvo de todo. Me la pasé puebliando. Caminé calles que no conocía, me refugié bajo sombrillas ajenas, miré luces nuevas, atardeceres lindos, inesperados, de esos que no buscan ser fotografiados pero se quedan igual. Hubo momentos buenos. Insólitos. También hubo tristeza. No una tristeza grandilocuente, sino esa que se posa suave, como un dolorcito persistente en la mi...