Les cuento un secreto, que cada vez se grita más.


Tenemos un imaginario extraño sobre crecer. Creemos que todo será más fácil cuando seamos adultos.

De bebés lloramos y nos cargan.
De niños hacemos pataleta diciendo que queremos crecer. En la pubertad no nos entendemos ni a nosotros mismos, pero juramos que cuando llegue la vida adulta todo encajará. Como si existiera una estación final: la Madurez, donde por fin lo entendemos todo.

Pero no, ¡amigos! Eso no pasa.

No hay tal vida adulta donde mágicamente sabes lo que sientes, lo que quieres y lo que puedes sostener.

Sigues caminando.
Sigues intentando comprender:

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.

Y andar no es posar de valiente. Andar es hacerse cargo de las piedras. Algunos fungen de valientes. Hablan con seguridad.
Dicen que están listos. Que ahora sí. Que ya hicieron el trabajo.

Pero... cuando el plato está servido… se asustan.

El viejo refrán lo explica mejor que cualquier teoría:

es más grande el ojo que el buche.

En estos tiempos parece traducirse así:

Es más grande la necesidad que la capacidad real de escoger con conciencia.

Queremos cambios.
Queremos demostrar que ya crecimos.
Queremos sentirnos distintos.
Pero crecer no es desear.
Crecer es sostener.

A los hombres, particularmente, les pasa algo inquietante.

Muchos siguen operando con rutinas que quizá funcionaban en otras generaciones:

fingir que aman de un día para otro,
ser fuertes e imponentes,
prometerlo todo con voz grave y gesto seguro.

Creer que la intensidad reemplaza la coherencia, es una gran incoherencia.

Muchachos de cuarenta y cuarenta y tantos…

¿Qué les hace pensar que eso interesa a mujeres que llevan tiempo sosteniendo hogares con total autonomía económica y emocional?

Mujeres que no necesitan el héroe de la novela. Que no están buscando un papá, ni un jefe, ni un adolescente confundido con barba. 😏 Aunque las barbas... (Mejor concéntremonos, eso será otra entrada.) 

En estas personas, las piedritas del camino con las que se tropiezan se vuelven rocas enormes. Rocas que, en lugar de revisar o soltar, deciden guardar en la maleta. Y luego caminan cargando ese equipaje pesado, convencidos de que están avanzando.

Lo más grave no es que lo carguen. Es que, cuando intentan construir algo con alguien más, en el mejor de los casos para ellos y en el peor de los casos para ellas, les ponen a cargar la maleta también.

¡Qué horror!

Esta enfermedad de salud pública llamada soledad masculina, de la que ellos son los responsables, no solo los afecta a ellos. Está afectando profundamente a las mujeres.

Mujeres que terminan esforzándose el doble o el triple para intentar entender a un hombre que no se entiende a sí mismo.
El fin de semana pasado celebré el día de San Valentín con mis grandes amores: Ellas.
Y si algo no faltó fueron historias.
Historias de mujeres increíbles.
Profesionales.
Con dinero.
Con autonomía.
Sosteniendo hogares con hijos solas.
Mujeres bellísimas.

Mujeres que han tenido que ir a recoger hombres.
Invitarlos a su apartamento.
Invitarlos a comer.
Poner el vino.
Llevarlos a cenar.
Y finalmente escuchar:

“No me gustan las mujeres que no sienten como yo”.

¡Incluso en la cama!

Qué desfile de incoherencias.

Si no sientes, revisa tu cuerpo, revisa tu historia, revisa tus bloqueos. No conviertas tu desconexión en argumento.

Además, amigo, si ella no siente en la cama… mucho de esa responsabilidad es tuya. No de ella necesariamente. Imbécil desconocedor.

Pero respiremos 😮‍💨.

Y volvamos al punto.
No es falta de sensibilidad.
Es falta de conocimiento real sobre sí mismos.

Aclaro algo importante: estoy hablando de relaciones heterosexuales. No porque crea que las otras dinámicas sean perfectas, sino porque esta reflexión nace de lo que observo en ese escenario.

Los hombres gays, la verdad, a veces me parecen un sueño evolutivo que quisiera alcanzar. No porque no tengan conflictos, sino porque, en muchos casos, han hecho un trabajo emocional que a los heterosexuales todavía les cuesta asumir.

La soledad masculina no siempre aparece porque nadie esté dispuesto a compartir el camino. A veces aparece porque no saben caminar ligeros. Porque no saben vaciar la maleta. Porque no saben que la madurez no es intensidad, sino coherencia.

Crecer no es cumplir años.
Crecer es revisar lo que cargas.
Porque si no, cada piedrita se vuelve roca, ¡una gran roca!
Y cada roca termina aplastando no solo al que la carga, sino a quien, por generosidad, decide ayudar a sostenerla.

¡Amigooo, date cuenta! Deja ya. Eso sí déjate la barba 😉😚. 

Comentarios

  1. Respuestas
    1. Hola, querida o querido lector. Muchas gracias por dejar tu comentario. ¡Comidita para el alma! ❤️❤️❤️❤️

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