Marcas en la piel.

 La rayita encima de la nariz con la que mi primer amor, a los 15 años, inauguró el trauma de saberme absolutamente observada —y no, no fue un cumplido—. Un día me dijo: usted es muy fea «Tiene una rayita ahí, encima de la nariz». Pasé horas frente al espejo descifrando la sombra, hasta que ya de grande entendí que esa raya ni existía: eran solo mis mejillas bajo la luz del sol.

A los 17 años vino el aire que se me cuela entre los dientes "me encanta el huequito entre tus dientes" Este sí, un  «cumplido» que para él era hermoso, pero que a mí se me volvió una inseguridad latente.

Luego, la muela del fondo. Esa que solo asoma cuando la risa se me sale absolutamente natural —ruidosa, destemplada, exactamente igual a como sigue siendo ahora— y que para algunos fue demasiado.

El pelo ruidoso, grande, que ocupaba mucho espacio que jamás aprendió a estar quieto y que aplaqué sin perdón desde los 9 hasta los 37. (Ayyy Perdón, pelo). 

Hoy al fin acepté la verdad: tengo el cabello crespo, despelucado, grande que hace lo que quiere, y yo voy detrás de él. Hablar duro, pisar fuerte, soltar lo que pienso sin pedir disculpas.

Luego, vinieron también las estrías, los lunares, el peso y los gordos que existen porque cuentan cada historia de lo vivido, junto con el peso entero de ser mujer y todo lo que se trae a cuestas.

Durante años guardé ese inventario. Una lista minuciosa, anotada con detalle no por mí, sino por los niños a los que inventé hombres y terminé amando, aunque ellos no tanto a mí. 

Cada uno dejó su firma: un comentario al pasar, una mirada de reojo, una corrección sutil para enseñarme a ocupar menos espacio, a sonar más suave, a hablar menos... a encajar en un molde que jamás he sido yo. Me enseñaron a mirar mi propio cuerpo como si fuera un borrador lleno de tachones.

Pero el tiempo es un animal sabio.

Llegar a los 40 no solo ha sido perder la juventud; ha sido también ganar la mirada. Ver envejecer la piel, volver a ver las marcas, recibir las arrugas que van llegando con su propia luz. 

Hoy repaso la misma lista y encuentro las grietas que me avisaron que esto no sería fácil —al final solo queda sonreír —, sobre todo encuentro mapas. Mapas preciosos donde cada señal trae su relato: la marca de la nariz guarda la memoria de los cachetes abultados que avisan que la inocencia se acabó; el vacío entre los dientes sostienen el eco de mi manera de nombrar el mundo, cada palabra precisa que es la única que hay; las estrías y las marcas de los años son la prueba irrefutable de que he habitado este molde con disfrute y con ganas.

No soy un conjunto de imperfecciones para disimular en nombre de la comodidad ajena. 

Estoy escrita con un montón de historias. Desde la solidez de mi nombre —a pesar del Diana, aunque siempre preferiría ser Juana— hasta la manera en que camino, me comunico y hablo cuando el cuerpo decide.

Los «niños» que dejaron sus marcas en mi vida querían una mujer en miniatura. No supieron qué hacer con una mujer de 40 años que lleva el mapa completo tatuado en la piel, reconciliada con cada marca y con el paso de los años.

Así va el camino: sin pedir perdón por el espacio que ocupo, ni por la muela que se asoma cuando me da la gana de reír con ganas ruidosa y estruendosamente. 

 Hoy solo miro por la ventana. 

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