Es muss sein (o la ilusión de ser el único)

​Ahora que soy Sabina, disfruto verme frente al espejo bastándome con un sombrero para sentirme vestida. Fui Teresa durante mucho tiempo, pero la niña que no quiere soltar la muñeca de quien le cuida la fiebre carga demasiado peso. Hay una densidad insoportable en vivir como Karenin, mirando con esos ojos de «te necesito». El peso de enamorarse solo porque se comparte un libro y creer que la frase «Es muss sein!» es un destino. Una vida pesada e insoportable.

​El día que me di cuenta de esto, Juan estaba sentado en el borde de la cama, poniéndose los pantalones con la calma del hombre convencido de haber cumplido su cuota de pasión esporádica. Olía a cerveza barata, a cigarrillo y a esa urgencia anestesiada que nos une por lo menos una vez al mes.

​Me miró a través del espejo, acomodando el sombrero negro sobre mi pelo crespo y revuelto, y soltó una sonrisa de medio lado: la sonrisa del cazador que cree haber atrapado una presa, sin saber que la presa simplemente se posó a sus pies; la del hombre que piensa que la gravedad del amor cae siempre del lado de la mujer. Ingenuo ser.

​Después de dos años me preguntó:

​—A veces me pregunto qué esperas de esto —dijo, acomodándose la camiseta con autosuficiencia—. ¿Qué buscas, Juana?

​Me giré despacio, sosteniendo la cerveza en la mano. Lo miré desde arriba, con esta voz que solo tengo yo: rara, única, arenosa:

​—A mí escríbeme una carta. Una de esas que prometen futuros diarios y firman promesas de eternidad efímera. A mí háblame de amor de película, del que solo se vive una vez, del intenso, de ese que dicen que cambia a la gente. Háblame de eso con fe de converso, aunque los dos sepamos, con total seguridad, que la función dura solo dos horas. Te prometo actuar mi parte y fingir que te creo; te prometo abrazarte con la urgencia exacta de quien sabe que el mundo se acaba esta noche, y mirarte a los ojos convencida de que eres el único, el más profundo, el definitivo. A mí háblame desde ahí. Es la única manera en que entiendo este juego: apasionado, desmedido, maravillosamente incomprendido.

​Y si al final desaparezco, juro que lo haré desde el más profundo amor a la fantasía: me llevaré conmigo nuestro universo, esa atmósfera que solo vive en mi compromiso de imaginar.

​Juan me escuchó en silencio. Le vi tragar saliva, descolocado por el impacto del monólogo, aunque en sus ojos volvió a asomar esa arrogancia única de los hombres que creen sabérselas todas. Se levantó, me dio un beso suave sobre los labios, rozó el ala de mi sombrero y me susurró con nostalgia condescendiente:

​—Eres increíble. Nos vemos en la próxima, mi Juana disfrazada de Sabina. Si es que no te gana la tristeza de la soledad antes.

​Escuché el golpe seco de la puerta y el eco de sus pasos desvaneciéndose en el pasillo. Caminé hacia el balcón, me quité el sombrero y contemplé la calle bajo el sol de mediodía que seguramente le cobraba cada cerveza tomada.  Lo vi salir al andén y volverse diminuto, disolviéndose entre la gente como un transeúnte cualquiera.

​Pasaron tres semanas. Tres semanas en las que Juan intentó convencerse de que la indiferencia era su victoria. Pero la recordaba a diario; la arrogancia del conquistador se le había ido desmoronando en una necesidad absurda de volver a escuchar esa voz. Estaba enganchado hasta el fondo, atrapado en un apego que le quemaba.

​Aquella noche de viernes, al entrar al bar de siempre, una melodía suave lo congeló en la puerta. Era la misma canción que ella solía poner de fondo mientras se vestía. Sin importar su orgullo ni el tiempo pactado, dio la vuelta y caminó, con paso dudoso, al lugar de siempre. Decidido a romper la regla de las dos horas, a decirle que no quería más funciones efímeras, en su cabeza retumbaba: quédate conmigo esta noche y para siempre.

​Al llegar a la acera frente al edificio, un objeto negro cayó desde las alturas, planeando en el aire hasta estrellarse contra el pavimento.

​Juan se agachó y tomó el sombrero.

​Arriba, en el balcón del tercer piso, la voz de un hombre resonó entre risas:

​—¡Mi sombrero!

​Y de inmediato, amortiguada por el viento pero inconfundible, la carcajada ruidosa, destemplada y estruendosa de Juana:

​—Parece ser que el destino quiere que ese sombrero se quede acá... ¡Lucha para que no se lo lleven!

​Juan miró el sombrero en sus manos. Deslizó los dedos por la copa de fieltro y descubrió, bordadas en la banda interior, dos iniciales doradas.

​No eran las iniciales de Juana.

​Se quedó inmóvil bajo la luz fría del farol, apretando la prenda ajena contra el pecho mientras los gritos de diversión retumbaban hasta la portería, comprendiendo que el único atrapado en la función era él.

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