Ella es Maritza.
Yo no sé por qué usted me cae bien —fue lo primero que me dijo—.
Si yo normalmente soy rabona; una trata que no, pero con estas creídas de mierda a una se le sale.
Lo dijo así, sin filtro, sin miedo. Con esa certeza de quien ha vivido tanto que ya no le teme al rechazo. Fue lo primero que escuché de ella el día que nos conocimos. Yo apenas entraba al hogar donde viven mujeres que han pasado la vida entera en la calle. Iba allí por trabajo; ella estaba allí por el destino.
—¿Le puedo dar un abrazo? —me preguntó.
Yo asentí, aunque mi estómago gritó que no cuando vi ese pelo lacio, pegado por la grasa, acercarse a mi cara. A veces la empatía es muy fácil de decir y muy difícil de sostener cuando tiene olor, color a calle polvorienta y nombre propio.
Maritza no era lo que yo esperaba. No consumía drogas. No bebía.
Solo había vivido en la calle desde los siete años.
—La gente cree que todas las que estamos afuera somos iguales —me dijo—. Yo solo tuve mala suerte desde muy chiquita.
A los ocho años, trabajaba limpiando mesas y barriendo pisos en un restaurante. A cambio de comida. No de plata.
A los quince, ya había reunido a un pequeño grupo de mujeres habitantes de calle. Vendían lámparas hechas con material reciclado. Se organizaban. Aportaban para pagar una pieza donde dormir algunas noches. Si una se quedaba sin comer, las otras compartían.
Ella lo dijo así, sin postureo:
—Yo era buena para hacer cuentas, por eso me tocaba manejar la plata. Algunas me robaron. Otras me duraron poco. Pero yo siempre intenté que no nos muriéramos de hambre.
No hablaba desde la gloria de la falda resiliencia.
Hablaba como quien recuerda una batalla perdida.
Maritza hizo su tránsito de hombre a mujer a los diez años.
No en un consultorio, no con hormonas, sin cita con el psicólogo o el psiquiatra hizo su tránsito con un labial.
—La dueña del restaurante me dio el primero —dijo—. Después de eso, yo ya no podía ser otra cosa.
Desde entonces, su maquillaje no era un gusto: era identidad, escudo, certeza y fuerza.
Ahora siempre lleva el maquillaje amarrado a la tiranta del brasier:
Un labial rojo casi gastado.
Un polvo compacto con el espejo roto y una pestañina que casi no pinta.
—Una mujer necesita estar lista, no para los otros, no. Para una misma —dijo.
No lo dijo con vanidad.
Lo dijo con dignidad.
Cuando le pregunté por su familia, su voz cambió. Como si tuviera que entrar en otra piel para contarlo.
Es la séptima de ocho hermanos.
Creció en un barrio viejo del centro de Bogotá, donde las casas huelen a humedad y en las calles se aprende a gritar antes que a hablar; y a correr antes que a caminar.
Fue en esas calles donde entendió que había esquinas que podían volverla invisible.
Sus hermanos la perseguían gritándole maricón, marica, raro.
Ella corría.
No por miedo.
Por rabia.
A veces se escondía detrás de los postes, pensando que si no la veían, no existía. Cuando su mamá llegaba del trabajo, la encontraba acurrucada y la levantaba a punta de patadas.
—Usted se me arregla a las buenas o a las malas —le decía—. Dios me castigó con un hijo enfermo.
Maritza aprendió que el amor puede doler más que los golpes.
El trabajo de la casa era suyo: cocinar, limpiar, lavar ropa, barrer.
Ella solo quería dejar de usar ropa de niño.
Heredaba pantalones viejos, cortos de un hermano, largos del otro. Cuando encontraba tijeras, los cortaba por encima de las rodillas para verse diferente. Para verse ella.
Su mamá la golpeaba cada vez.
—Si no se cura a las buenas, se cura a las malas.
Nunca entendió de qué tenía que curarse.
El día que cumplió siete años, su mamá dijo que saldrían a celebrar.
Ella arregló la casa como si fuera una prueba para entrar al cielo: dobló la ropa, brilló los muebles, dejó la cocina impecable. Se vistió con lo mejor que tenía. Estaba emocionada, con esa ilusión infantil de quien cree que el mundo puede cambiar en una tarde.
Tomaron bus. Caminaron por calles que ella no conocía. Entraron a la Catedral Primada.
Después de la misa, su mamá le compró una oblea.
La sentó en las escaleras.
—Espéreme aquí —le dijo.
Han pasado 53 años
Y ella sigue esperando.
Maritza sigue diciendo que ese fue el último regalo que recibió por su cumpleaños.
La mujer que tengo en frente ahora, la que me abraza sin permiso y sin miedo, no es la niña abandonada. Es alguien que decidió no morirse aunque todas las circunstancias apuntaban a eso.
—Cuando me paro en la esquina ya no soy invisible —dijo—. Los hombres me miran.
A veces tiene sexo contra una pared cualquiera.
Entre respiraciones sucias piensa:
Ojalá no sea uno de mis hermanos.
Eso sí sería un pecado.
—¿Y no le da miedo? —le pregunté.
—El miedo es para quienes tienen algo que perder.
Lo dijo con naturalidad, como si estuviera hablando de cómo se prepara un café.
Yo creía que iba a enseñarle algo.
Que mi presencia, mis conceptos y mis buenas intenciones podían cambiarle un pedacito de la vida.
Pero quien aprendió fui yo.
Aprendí que no todas las mujeres tienen infancia.
Que algunas sobreviven a punta de terquedad.
Que el amor propio no siempre nace de quererse:
a veces nace de no dejar que otros te destruyan por completo.
Maritza no necesita que la rescaten.
No necesita que la comprendan.
Necesita que la miren sin apartar la vista.
Antes de irme, me dio otro abrazo.
Sentí su labial manchar mi bufanda.
Su olor quedarse pegado a mi ropa.
Su historia quedarse pegada en mí.
Yo pensé que estaba allí por trabajo.
Pero Maritza —con su labial rojo y su voz sin miedo— me enseñó que estaba allí encontrando la belleza en historias que parecen imposibles. La belleza de lo terrible, la belleza en lo absolutamente trágico.
A veces, sobrevivir también es una forma de belleza.
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