Entradas

Mostrando entradas de octubre, 2025

La afortunada

Soy muy afortunada: tengo a mi lado a un hombre que me llevó al feminismo. Secundario es que me haya vuelto feminista debido al profundo dolor que me causó su infidelidad. En este momento, puedo, como una vieja sabia, decirle a mis nietos que no eviten el sufrimiento, que lo vivan, porque incluso desde allí pueden salir cosas increíbles. También les puedo enseñar que el amor del que nos hablan en las novelas y en las películas es maravilloso, es mágico, pero muchas veces ese amor es solo deseo. Y los humanos confundimos eso. Solo lo aprendemos luego, cuando amamos de verdad; cuando nos hacemos conscientes de que las mariposas desaparecen del estómago y se desplazan a las calmas del pecho. Pero luego pueden aparecer muchas personas que te hagan sentir mariposas en el estómago, y a veces vibra su aleteo más abajo. De eso se trata. No hay más. En ese momento te das cuenta de que mil veces, en la adolescencia, confundimos una cosa con la otra. Solo en ese momento nos damos cuenta. También ...

Antes de

La rata negra muerta, con gusanos debajo de la lavadora, anunció el punto final de lo que ya era una muerte anunciada. Cuando cuento esto en voz alta —porque también me lo he contado mil veces en voz baja, a mí misma— las personas abren la boca y no comprenden el nivel de tu traición. La primera pregunta que surge es si no vi señales. O si no me di cuenta de algo. Y la verdad es que sí. Sí lo vi. Lo ví todo.  Sí lo sentí desde el primer día que empezó a pasar. Te pregunté mil veces y, aunque sabía que tus negaciones eran mentira, decidí creerte y decidí quedarme. También decidí no sacarte: la negación interna ayuda a pensar que no es real, aunque todas las evidencias digan lo contrario. El olor a mortecino que invadió el apartamento era solo el reflejo de lo que ya estaba en medio de nosotros. Yo, que cuando me metí contigo dejé de creer en los agüeros, no vi con claridad esto que era una señal del destino. No fue un hecho aislado y desagradable: era el universo gritándome a la car...

Otro viernes para contar

Imagen
Era viernes. Otra vez viernes. Ella había aprendido a amar los viernes porque nadie espera que una mujer rota sea funcional los viernes; se permiten las risas flojas, el vino tibio y el silencio cómplice. La casa olía a tostadas y a un incienso barato que encendía solo para engañarse: “aquí hay paz”. - Y algo de paz había, después de todo. Mas de un año entero construyendo quietud, desarmando culpas, aprendiendo a dormir boca abajo sin miedo, sin pierna ajena, sin pedir permiso para existir. Esa noche, mientras hacía scroll con la desgana de quien ya no espera nada, apareció un mensaje. —Hola. No era un “hola” cualquiera.  Era corto, tímido, pero no venía del pasado ni de heridas viejas. No era el “hola” con olor a abogado, problemas, ni ese que trae adjunta una culpa.  Era otro. Nuevo. Limpio. Ella sonrió, primero por reflejo, luego porque sintió un cosquilleo idiota en el estómago. “Qué peligro esto”, pensó. Sabía que los grandes incendios siempre empiezan con un fósf...

Coincidencias y panales

 Besos con sabor a cerveza rubia, pizza y emoción. Así empezó. Con la sencillez de lo inevitable, con ese gusto tibio y salado que deja el deseo cuando se disfraza de casualidad. Porque, seamos honestos, no fue una casualidad. Nos pusimos la cita con la misma inocencia con que uno prende una vela en una gasolinera: sabiendo que iba a arder. Después de tantas horas de conversación por WhatsApp, era evidente que ya tocaba verse... y probablemente besarse. Nadie lo habría planeado, pero todo estaba escrito con la torpeza exacta de las cosas que el universo urde cuando se aburre. Ojos grandes, sonrisa amplia, mirada distraída. Y esa mente inquieta, que piensa en nombres de figuras geométricas, que arma conjuntos, intersecciones y coincidencias. Somos una intersección, dijiste. Con esa voz de quien no pretende seducir pero lo hace igual. Y a mí, que no me gustan las matemáticas, me dieron ganas de aprender todas las fórmulas solo para entender cómo dos líneas que no se buscaban podía...

El espejo y la serpiente

Pareciera que el maquillaje no se va. Por más que froto, ahí sigue: esa mancha oscura bajo los ojos, esa línea que no me gusta. Y entonces, la realidad: soy yo. Soy yo con mi ojera, mi gordo, mi arruga, mi todo. Esa versión sin filtros, sin el disimulo del “me acabo de despertar así”. Me miro con detenimiento y pienso en Isabel Allende, cuando en La casa de los espíritus describe el cuerpo de las mujeres con esa mezcla de crudeza y ternura que solo da el tiempo: senos caídos, pieles flácidas, arrugas que no son fallas sino mapas. Porque eso somos: cuerpos vividos. Cuerpos que han llorado, reído, parido, dormido mal, amado bien o regular, y aún así se levantan y se sirven un café. A veces me descubro mirándome como si fuera otra: con curiosidad, sin tanto juicio. La piel tiene historia, pienso. Y las ojeras también. Cada pliegue guarda un gesto, una carcajada que se repitió demasiado, un susto, una tristeza, una noche sin sueño. El cuerpo, cuando una se detiene a verlo sin ...

El chocolate lleva hirviendo hace rato

Mi lugar favorito de la casa es la cocina. No lo supe hasta que me dolió todo. El amor, la separación, la soledad, la vida en general… todo pasa por la cocina. Ahí me siento, con la excusa del agua caliente, a pensar en lo que no quiero pensar. Ahí dejo que el ruido del hervidor tape mis pensamientos, que el vapor me empañe los lentes y me recuerde que estoy viva. Me di cuenta en el dolor —porque una siempre se da cuenta en el dolor— que la cocina ha sido mi refugio. Cuando todo se derrumba, ahí estoy: revolviendo una olla, esperando que hierva algo, aunque sea el agua. Tal vez me gusta la cocina porque el fuego no miente. Uno lo prende y, si no lo apaga, sigue ardiendo. Y justo hoy, mientras escribo esto, el chocolate lleva hirviendo hace rato. Huele mucho. Y nos queremos hacer las que no. Nos hacemos las que no olemos, las que no vemos la espuma subiendo, las que no sentimos el hervor que está a punto de desbordarse. A veces la vida es eso: una olla olvidada que no se ap...

¡Soy dependiente!

A mis amigas! Pensando en el amor dependiente, esta semana me cayó encima una de esas verdades que no avisan. No fue una iluminación mística ni un mensaje del universo, más bien una sacudida suave, de esas que llegan mientras una lava los platos o escribe para no enloquecer. Justo cuando empecé el trabajo que siempre había soñado —ese que le pedí al universo con la terquedad de quien no cree, pero igual insiste—, el universo, con su burla sarcástica de siempre, me lo dio. Y a la semana, me desbarató la vida familiar. Así. Sin aviso, sin anestesia, sin protocolo. Como si la vida te dijera: “Toma, te lo concedo… pero te cobro el resto en lágrimas”. Y aun así, entre los restos, algo se sostuvo. Me sentí acogida, acompañada, querida. Y con el paso de los meses, incluso amada. No de ese amor con flores marchitas y promesas vencidas, sino de ese otro amor cotidiano: el del “¿ya comiste?”, el del chocolate guardado en el cajón, el del mensaje a media tarde que dice “te extraño el chisme”. Ahí...

Un año después

 Y pasó un año. Después de todo, la famosa frase “de amor nadie se muere” empieza a tener sentido real, no como consuelo barato sino como constatación empírica. ¡Sobreviví! Han sido 365 días aprendiendo a vivir distinto. 365 días ensayando la vida sola, aunque a ratos acompañada —a veces con buena compañía, otras con la que toca. A veces con paz mental y otras con tormenta interna. Con la certeza de que lo anterior era lo que no estaba bien, pero con la incertidumbre de qué carajos hacer ahora. Los primeros días eran pura supervivencia. Comer era un acto de fe: cada bocado venía con la pregunta ansiosa de “¿cuándo se acaba esta sensación horrible?”. Me obligaba a tragar porque, dicen, hay que seguir viva aunque duela. Hoy, doce meses después, entiendo que los tiempos de duelo son tan personales como las cicatrices. Que no hay recetas. Que cuando una de verdad suelta lo que le hacía daño, las cosas empiezan a fluir. En este año conocí gente, me inventé planes, bailé canciones ...