El espejo y la serpiente
Pareciera que el maquillaje no se va.
Por más que froto, ahí sigue: esa mancha oscura bajo los ojos, esa línea que no me gusta.
Y entonces, la realidad: soy yo.
Soy yo con mi ojera, mi gordo, mi arruga, mi todo.
Esa versión sin filtros, sin el disimulo del “me acabo de despertar así”.
Me miro con detenimiento y pienso en Isabel Allende, cuando en La casa de los espíritus describe el cuerpo de las mujeres con esa mezcla de crudeza y ternura que solo da el tiempo: senos caídos, pieles flácidas, arrugas que no son fallas sino mapas.
Porque eso somos: cuerpos vividos.
Cuerpos que han llorado, reído, parido, dormido mal, amado bien o regular, y aún así se levantan y se sirven un café.
A veces me descubro mirándome como si fuera otra: con curiosidad, sin tanto juicio.
La piel tiene historia, pienso.
Y las ojeras también.
Cada pliegue guarda un gesto, una carcajada que se repitió demasiado, un susto, una tristeza, una noche sin sueño.
El cuerpo, cuando una se detiene a verlo sin rabia, es una crónica.
Y una puede leerla o puede seguir negándola con base de alta cobertura.
No entiendo —todavía— cómo hay mujeres que llevan tatuadas serpientes en el vientre y saben moverlas hasta avanzada edad.
Yo apenas estoy aprendiendo a no esconder las marcas.
Las mías no están dibujadas: están vivas.
Se estiran, se encogen, respiran.
Son memoria.
Quizá la belleza no está en parecer intacta, sino en seguir moviéndose —aunque sea con lentitud— con todo lo que una ha sido encima.
Como una serpiente vieja que no deja de mudar piel, aunque ya no brille.
El maquillaje no se va.
Pero tal vez ya no hace falta que se vaya.
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