Otro viernes para contar
Era viernes. Otra vez viernes.
Ella había aprendido a amar los viernes porque nadie espera que una mujer rota sea funcional los viernes; se permiten las risas flojas, el vino tibio y el silencio cómplice. La casa olía a tostadas y a un incienso barato que encendía solo para engañarse: “aquí hay paz”.
- Y algo de paz había, después de todo.
Mas de un año entero construyendo quietud, desarmando culpas, aprendiendo a dormir boca abajo sin miedo, sin pierna ajena, sin pedir permiso para existir.
Esa noche, mientras hacía scroll con la desgana de quien ya no espera nada, apareció un mensaje.
—Hola.
No era un “hola” cualquiera.
Era corto, tímido, pero no venía del pasado ni de heridas viejas. No era el “hola” con olor a abogado, problemas, ni ese que trae adjunta una culpa.
Era otro. Nuevo. Limpio.
Ella sonrió, primero por reflejo, luego porque sintió un cosquilleo idiota en el estómago.
“Qué peligro esto”, pensó. Sabía que los grandes incendios siempre empiezan con un fósforo encendido por descuido… o por deseo.
La conversación fue creciendo como una enredadera terca, sin ruido, sin pedir permiso.
—Te dormiste temprano anoche.
—No, estaba leyendo.
—¿Qué lees?
—Mensajes que todavía no sé si contestar.
Reía sola frente a la pantalla.
Él lanzaba chistes absurdos sobre verduras con nombre de mujer y ella respondía con sarcasmo, afilado, elegante, como quien juega con fuego pero conoce sus manos.
“Me gusta tu risa escrita”, soltó él un día.
Y a ella le picó el orgullo, porque la risa escrita es la última que se entrega.
Había sensualidad, pero sin proclamas. Era un roce de piel a través de palabras.
—Hoy cociné pasta… sobró.
—¿Me estás invitando?
—No. O sí. Bueno… no sé.
La asustaba más esa calma que cualquier pasión desbordada. No era el fuego que arrasa, sino ese calor que se cuela por debajo de la piel, que te hace dejar la bata vieja y ponerte perfume sin motivo.
Recordó su propio exilio emocional: las noches de vino y lágrimas, la sensación de vivir en modo supervivencia.
Recordó cuando reír alto parecía delito, quedarse hasta tarde era sospechoso y preferir series románticas —en vez de crímenes— era motivo de juicio.
Ahora alguien le preguntaba sin burla qué veía, qué música oía, qué tanto escribía. Nadie le decía que era tonto, ni exagerado. Solo preguntas simples, humanas.
Un martes cualquiera él escribió:
—Eres como canción lenta. Se te escucha distinto cada vez.
Y ella, que solía esquivar cumplidos como si fueran trampas, solo respondió con un emoji sonrojado.
El jueves se atrevió él:
—Tengo miedo de que te asustes.
—Ya estoy asustada —respondió ella, y rió mientras lo enviaba.
Había algo de humor ácido en todo eso.
—No me voy a enamorar, ¿sabes?
—Yo tampoco.
—Perfecto.
Ambos mintieron con la elegancia de los adultos que ya saben que las mentiras pequeñas son las que sostienen las verdades grandes.
Los días pasaron con el celular sobre la mesa, no como una cadena sino como una promesa.
No había prisa, pero sí expectativa.
Ella, que juró no coleccionar más exes ni más heridas, se descubrió pensando que tal vez algunas historias no necesitan etiquetas para valer.
Ese viernes volvió a mirarse al espejo antes de salir.
El vestido no era “para él” —se lo repitió tres veces—, pero lo corta de la falda parecía asomarse como una contradicción. Sus ojos tenían otra luz, o tal vez era solo esperanza, esa descarada que siempre sobrevive.
Pensó en escribirle: Cuidado, que puedo querer verte.
Pero no lo hizo. Prefirió dejar que el deseo gateara, torpe y luminoso, antes de echar a correr.
Cerró la puerta con una sonrisa sin testigos.
Afuera, la noche olía a lluvia tibia. Adentro, el teléfono vibró.
Un mensaje nuevo:
—Voy llegando.
Ella rió, un poco nerviosa, un poco pícara. No contestó enseguida.
Miró la pantalla, pensó en todo lo que ya no dolía… y en todo lo que quizá podría doler otra vez.
Luego pensó en algo mejor:
Quizá esto no es dolor.
Quizá esto es vida otra vez.
Y salió, despacio, como quien abre una puerta que llevaba años cerrada, sin saber si del otro lado hay fuego, calma… o solo otro viernes para contar.
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