Coincidencias y panales
Besos con sabor a cerveza rubia, pizza y emoción.
Así empezó. Con la sencillez de lo inevitable, con ese gusto tibio y salado que deja el deseo cuando se disfraza de casualidad. Porque, seamos honestos, no fue una casualidad. Nos pusimos la cita con la misma inocencia con que uno prende una vela en una gasolinera: sabiendo que iba a arder. Después de tantas horas de conversación por WhatsApp, era evidente que ya tocaba verse... y probablemente besarse.
Nadie lo habría planeado, pero todo estaba escrito con la torpeza exacta de las cosas que el universo urde cuando se aburre.
Ojos grandes, sonrisa amplia, mirada distraída.
Y esa mente inquieta, que piensa en nombres de figuras geométricas, que arma conjuntos, intersecciones y coincidencias.
Somos una intersección, dijiste. Con esa voz de quien no pretende seducir pero lo hace igual.
Y a mí, que no me gustan las matemáticas, me dieron ganas de aprender todas las fórmulas solo para entender cómo dos líneas que no se buscaban podían cruzarse justo ahí, en ese punto.
Un panal de abejita nos llevó a encontrarnos.
Literalmente.
Un dibujo, una conversación cualquiera, un detalle mínimo que de pronto se volvió puente.
Porque no había otra posibilidad de que nos cruzáramos: el universo necesitaba empujarnos, torcernos el camino, hacer su magia.
Y lo hizo.
Nos facilitó el desastre.
Coincidimos.
Y desde entonces, besos grandes y cafés largos.
Abrazos lentos, de esos que tienen algo de despedida anticipada.
Esa forma tuya de mirar sin mirar, de pensar mientras hablas, de hablar mientras calculas, de acercarte con la misma precisión con la que trazas una recta.
Hay cuerpos que se reconocen antes de tocarse.
Y el tuyo, que olía a domingo, a pan tostado y a buena suerte, me pareció —no sé por qué— un lugar donde ya había estado antes.
Tal vez por eso me dio miedo.
Porque la calma también asusta cuando una ha vivido a base de incendios.
El tiempo se volvió blando, maleable.
Las horas eran un chicle que se pegaba a las manos.
Y ahí estábamos, jugando a que no pasaba nada, mientras todo se llenaba de electricidad estática y palabras pequeñas: como Quizás.
Nos seguimos encontrando en la grieta exacta entre el azar y el deseo.
Como si la vida hubiera decidido que, por esta vez, no hacía falta correr.
Que bastaba con estar.
Sin promesas, sin planes.
Solo esa sensación absurda de que algo, entre el panal, la risa y la geometría, había salido bien.
Y aunque no sé si esto será historia, anécdota o solo un recuerdo con olor a cerveza y piel,
hay algo que no cambia:
Ese instante suspendido en el que todo es posible y nada se promete.
El universo, satisfecho de su propia ironía, se cruzó de brazos, sonrió y dijo:
“Listo, ya los junté. Ahora miren qué hacen.
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