El chocolate lleva hirviendo hace rato

Mi lugar favorito de la casa es la cocina.

No lo supe hasta que me dolió todo.

El amor, la separación, la soledad, la vida en general… todo pasa por la cocina.
Ahí me siento, con la excusa del agua caliente, a pensar en lo que no quiero pensar.
Ahí dejo que el ruido del hervidor tape mis pensamientos, que el vapor me empañe los lentes y me recuerde que estoy viva.

Me di cuenta en el dolor —porque una siempre se da cuenta en el dolor— que la cocina ha sido mi refugio.
Cuando todo se derrumba, ahí estoy: revolviendo una olla, esperando que hierva algo, aunque sea el agua.
Tal vez me gusta la cocina porque el fuego no miente.
Uno lo prende y, si no lo apaga, sigue ardiendo.

Y justo hoy, mientras escribo esto, el chocolate lleva hirviendo hace rato.
Huele mucho.
Y nos queremos hacer las que no.
Nos hacemos las que no olemos, las que no vemos la espuma subiendo, las que no sentimos el hervor que está a punto de desbordarse.

A veces la vida es eso: una olla olvidada que no se apaga porque algo en el fondo quiere que se riegue.
Porque el olor dulce del desastre tiene algo de consuelo.
Porque al final, limpiar también cura.

La cocina es el único lugar donde todo tiene sentido:
donde una puede llorar y nadie pregunta si es por la cebolla,
donde los silencios no pesan, solo huelen.

Me di cuenta —entre cucharas, tazas y migas— de que estar sola no es tan grave.
Es solo aprender a revolver sin que alguien te diga cuándo parar.

El chocolate sigue hirviendo, y el aire huele a eso:
a algo que se quema un poco,
pero también a algo que sigue vivo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Manual tácito para superar una tusa

No empezar también es decidir.

¿Está bien descualquierarse?