Antes de
La rata negra muerta, con gusanos debajo de la lavadora, anunció el punto final de lo que ya era una muerte anunciada. Cuando cuento esto en voz alta —porque también me lo he contado mil veces en voz baja, a mí misma— las personas abren la boca y no comprenden el nivel de tu traición. La primera pregunta que surge es si no vi señales. O si no me di cuenta de algo.
Y la verdad es que sí.
Sí lo vi. Lo ví todo.
Sí lo sentí desde el primer día que empezó a pasar.
Te pregunté mil veces y, aunque sabía que tus negaciones eran mentira, decidí creerte y decidí quedarme. También decidí no sacarte: la negación interna ayuda a pensar que no es real, aunque todas las evidencias digan lo contrario.
El olor a mortecino que invadió el apartamento era solo el reflejo de lo que ya estaba en medio de nosotros. Yo, que cuando me metí contigo dejé de creer en los agüeros, no vi con claridad esto que era una señal del destino. No fue un hecho aislado y desagradable: era el universo gritándome a la cara.
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