¡Soy dependiente!

A mis amigas!
Pensando en el amor dependiente, esta semana me cayó encima una de esas verdades que no avisan. No fue una iluminación mística ni un mensaje del universo, más bien una sacudida suave, de esas que llegan mientras una lava los platos o escribe para no enloquecer.

Justo cuando empecé el trabajo que siempre había soñado —ese que le pedí al universo con la terquedad de quien no cree, pero igual insiste—, el universo, con su burla sarcástica de siempre, me lo dio.
Y a la semana, me desbarató la vida familiar.

Así. Sin aviso, sin anestesia, sin protocolo.
Como si la vida te dijera: “Toma, te lo concedo… pero te cobro el resto en lágrimas”.

Y aun así, entre los restos, algo se sostuvo.
Me sentí acogida, acompañada, querida.
Y con el paso de los meses, incluso amada.
No de ese amor con flores marchitas y promesas vencidas, sino de ese otro amor cotidiano: el del “¿ya comiste?”, el del chocolate guardado en el cajón, el del mensaje a media tarde que dice “te extraño el chisme”.

Ahí entendí, otra vez, que el amor llega de muchas formas.
Ya lo había escrito antes, pero parece que la vida insiste en darme clases de refuerzo.

Durante meses me creí fuerte, emocionalmente independiente, de esas mujeres que publican frases sobre amor propio con cara de serenidad y café tibio al lado. Pero no.
Dejar de ver a las personas que me han sostenido este año me dolió.
El cuerpo lo sintió. Como si la tristeza tuviera domicilio en los hombros.

Y cuando por fin los volví a ver, no llamé, no organicé nada. Solo escribí, porque escribir es mi manera de respirar.
No les hablé de lo mucho que los había necesitado. Solo hablé de mí. De lo que me pasaba. De cómo el silencio se vuelve pesado cuando una está sola, pero también cómo, de repente, se convierte en hogar.

Y ahí estaban ellos, mis compañeros, mis amigas de Diosas que Sanan, las magas de lo cotidiano, las que me enseñaron que llorar también cuenta como ejercicio y que cualquier crisis amerita café, sarcasmo y pan caliente.
Ellas, que saben acompañar sin invadir, que se ríen de la tragedia mientras te alcanzan una servilleta.

Entonces pensé en eso que repite la psicología sobre “aprender a estar sola”.
¿Será que lo logré?
¿O será que, simplemente, estoy bien porque los tengo a ellos y a ellas?

Y me dio risa. Porque si eso es dependencia, que me den el diploma.
Hay dependencias que salvan, que sostienen, que te devuelven los pedazos que dejaste tirados cuando pensabas que no había más qué recoger.

A veces, “aprender a estar sola” no significa quedarse sin nadie.
Significa reconocer quiénes se quedan cuando todo lo demás se va.

Y yo —por fortuna— tengo a los míos.
Los que no preguntan, pero entienden.
Los que hacen reír justo antes de que empiece el llanto.
Los que me recuerdan que el amor, incluso el que no duerme contigo, también puede ser casa.

Y que una no se sana sola.
Pero sí bien acompañada.

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