La Chica de los viernes, es un experimento de escritura. Un compromiso personal por no abandonar las ganas de crear.
Hay personas...
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Hay personas que en el
encuentro con nuestras vidas marcan irremediablemente. Yo, en mi vida tengo un
par. Claro, junto a ellas también hay un par de libros, algunas películas y
muchas canciones.
Ángel para un final Fue un adiós. Uno silencioso y en calma. Un adiós con añoranzas. No hubo pelea, ni siquiera la primera. No hubo gritos, solo ese desencuentro manso que llega cuando dos personas están en el mismo lugar pero ya no en el mismo tiempo. No hubo portazos ni frases punzantes. Solo una mano que se soltaba despacio, al otro lado de una reja, como si el cuerpo entendiera antes que la voluntad. Hubo una pregunta. —Entonces, ¿te irás para siempre? La dije en voz alta. No como reproche ni como amenaza, sino como quien enciende la luz para no seguir caminando a oscuras. La dije porque necesitaba saber dónde estaba parada, porque apostar sin piso no es valentía es vértigo. Él me miró. Dudó. Y dijo: —No sé. Ese no sé fue lo que dolió. No la negativa. No el límite. La duda. Ese lugar i...
Porque a veces lo más rebelde es dejarse sentir, sin pedir permiso. Mi hermano me escuchó. No con esas orejas grandes de “te entiendo todo”, sino con ese silencio medio incómodo de quien intenta no decir lo que piensa. Porque claro, me quiere escuchar. Pero también es hombre. Y aunque se esfuerce, algo en su mirada se delata. Como si dijera: “no sé si esto que estás haciendo te va a hacer bien”. Yo le hablé de cosas que a una no le enseñan a decir: las dudas que te despiertan a las 2 a. m., las ganas que llegan sin haber sanado, los besos que no sabés si quieres, pero igual los das. Le hablé desde un lugar que no es valiente ni derrotado, solo el lugar desde el que se está viviendo. Un lugar sin nombre, sin escudo, sin justificaciones. Y él, que me vio como “la niña” —aunque ya tenga 38 años —, ahora se da cuenta que hay partes mías que se saltó. Que hay cosas que vivo hoy que quizás él vivió a los 17. Que hay experiencias que se me quedaron embotelladas mientras yo hacía lo que s...
Últimamente, la psicología de Instagram y TikTok nos ha escupido una nueva religión: la de ser "hombres y mujeres de alto valor". Como si fuéramos un lote en preventa en la sabana de Bogotá esperando valorizarse antes de que alguien siquiera ponga el primer ladrillo. El problema es que han sustentado ese supuesto estatus en una feminidad y una masculinidad que, aunque juran ser disruptivas, son un nudo de contradicciones digno de un Congreso en pleno debate para una reforma. Nos venden manuales de etiqueta emocional que parecen sacados de una novela victoriana, pero con filtros de instagram y reguetón sabrocito para que el absurdo no se note tanto. Para mí, el valor no es un precio de mercado ni un algoritmo de redes sociales. El valor es algo mucho más escaso, casi un milagro en estas tierras: La coherencia. Esa extraña y olvidada práctica de pensar, decir y actuar en consecuencia. Punto. Encontrar a alguien que sostenga lo que dice con lo que hace es, hoy, un hallazgo de ...
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