DIOSAS QUE SANAN
Hubo una vez —o varias veces, o todos los meses si te fijas bien— un grupo de mujeres que se reunía cuando la luna se ponía redonda, grandota y descarada. No eran brujas, aunque algunas olían sospechosamente a ruda, no eran santas, jamás lo quiera el universo. Eran más bien... diosas. Pero no de las mitológicas. Eran de las otras: las que trabajan, crían, lloran en silencio y a veces se salvan a punta de rituales improvisados y amigas que no preguntan mucho. Eran siete. O eran muchas, pero siete suena bonito. Aina pintaba. No cuadros. Aina pintaba la vida: las paredes tristes, las palabras que dolían, los domingos sin plan. Le bastaban los dedos y un tarro de algo que encontrara en la cocina. Una vez curó una ruptura solo con rojo y un pincel. Luma escribía. No libros. Escribía rabia, ternura y verdades que te hacen bajar la mirada. Sabía usar las palabras como bisturí y también como caricia. Una vez le escribió una carta a una amiga que no hablaba desde hace un año. Termin...