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DIOSAS QUE SANAN

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  Hubo una vez —o varias veces, o todos los meses si te fijas bien— un grupo de mujeres que se reunía cuando la luna se ponía redonda, grandota y descarada. No eran brujas, aunque algunas olían sospechosamente a ruda, no eran santas, jamás lo quiera el universo. Eran más bien... diosas. Pero no de las mitológicas. Eran de las otras: las que trabajan, crían, lloran en silencio y a veces se salvan a punta de rituales improvisados y amigas que no preguntan mucho. Eran siete. O eran muchas, pero siete suena bonito. Aina pintaba. No cuadros. Aina pintaba la vida: las paredes tristes, las palabras que dolían, los domingos sin plan. Le bastaban los dedos y un tarro de algo que encontrara en la cocina. Una vez curó una ruptura solo con rojo y un pincel. Luma escribía. No libros. Escribía rabia, ternura y verdades que te hacen bajar la mirada. Sabía usar las palabras como bisturí y también como caricia. Una vez le escribió una carta a una amiga que no hablaba desde hace un año. Termin...

Entre el krápula, la otra y yo

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Ser feminista trae consigo una serie de dilemas y ambigüedades que solo quien los vive, los goza. En principio, ponerse los lentes morados hace que empecemos a ver el mundo de otra manera. Qué duro es darse cuenta de que has vivido y legitimado actos de violencia psicológica o invalidación por parte de tu pareja, o que en esa relación no se vive de manera equitativa. Y, sin embargo, te dices a ti misma: no importa, hiciste lo que pudiste con lo que tenías, ahora toca seguir. Luego, el problema es que esas gafas ya no te las puedes quitar. Ya forman parte de tu vida, de tu ser. Identificas estereotipos, comentarios machistas y prácticas inequitativas a donde quiera que vayas. Si decides separarte de esa pareja que siempre te puso en un segundo lugar… mira, conseguir una nueva pareja es muchísimo más duro para las feministas. Con solo el olor te das cuenta de los manes machistas, misóginos, que disfrazan todo en argumentos de ser “el más vivo”, “el mentiroso experimentado” o que s...

La cobardía del doble chulo gris

Porque sí, te leí. Y no quise responder. Y tengo el carácter para que lo sepas. No confío en la gente que quita los chulitos azules de WhatsApp. Punto.  Me generan la misma desconfianza que la gente que te dice “yo no soy celoso, solo protector” o “no creo en etiquetas” ¡Cobardes!  ¿Qué esconden? ¿ah? ¿Cuál es el temor profundo a que el otro sepa que leíste lo que te escribió? No es por privacidad, no me mientas.  Es porque no quierés que te lean las intenciones. Porque sabés que una cosa es ignorar a alguien y otra, muy distinta, es que esa persona sepa que la estás ignorando. Es una forma de manipulación pasivo-agresiva con carita de "no quiero problemas". Pero los problemas los armas igual, solo que con estilo evitativo. Dejas la responsabilidad del dilema en la cabeza de tu interlocutor o interlocutora.  Les cuento, yo ya anduve con un agua mansa. De esos que no alzan la voz, que parecen inofensivos, que mandan audios con tono de salmo. Y sí, de las aguas mans...

¿Está bien descualquierarse?

Porque a veces lo más rebelde es dejarse sentir, sin pedir permiso. Mi hermano me escuchó. No con esas orejas grandes de “te entiendo todo”, sino con ese silencio medio incómodo de quien intenta no decir lo que piensa. Porque claro, me quiere escuchar. Pero también es hombre. Y aunque se esfuerce, algo en su mirada se delata. Como si dijera: “no sé si esto que estás haciendo te va a hacer bien”. Yo le hablé de cosas que a una no le enseñan a decir: las dudas que te despiertan a las 2 a. m., las ganas que llegan sin haber sanado, los besos que no sabés si quieres, pero igual los das. Le hablé desde un lugar que no es valiente ni derrotado, solo el lugar desde el que se está  viviendo. Un lugar sin nombre, sin escudo, sin justificaciones. Y él, que me vio como “la niña” —aunque ya tenga 38 años —, ahora se da cuenta que hay partes mías que se saltó. Que hay cosas que vivo hoy que quizás él vivió a los 17. Que hay experiencias que se me quedaron embotelladas mientras yo hacía lo que s...

La Calle está dura

L a calle está dura, comadres. Dura como lunes sin café y con reunión a las 7 a.m., dura como vivir con suegra y sin puerta en la pieza, como corazón de ex que ya se enamoró de otra. Salir allá afuera, en el 2025, a buscar pareja (seria o no tan seria, una ya no exige tanto) es como ir al Éxito por papel higiénico y volver con una estufa que no necesitabas… y sin el papel. Vincularse hoy en día es un deporte extremo. Uno se lanza con emoción a la piscina de los “¡Hola, qué haces!” sin saber si está llena, vacía, o si hay un tiburón emocional nadando con cara de “no busco nada serio, pero sí quiero que me escuches todos los días, me cocines los domingos y me bajes el estrés existencial cuando no me dan like”, no quiero nada, pero me comporto como si lo quisiera todo.  Porque claro, ahora el compromiso no se da, se negocia. Se conversa con miedo, con condiciones, con notas emocionales alpie de página tipo: “Yo soy así, y no creo que cambie” o el hermoso “me da mamera empezar de cero,...

La casa que se reacomoda.

Parte del devenir de vivir en soledad —de esa soledad que se instala cuando se deshace la vida compartida— es empezar a encontrarle el gusto a los espacios vacíos. Al silencio. A los tiempos que son solo tuyos, sin que nadie te los dispute. Y aunque ahora lo diga con cierta serenidad, al principio da miedo. Mucho miedo. Uno de los mayores sustos cuando una se separa no es el adiós. Es el “¿y si me enfermo?”, “¿y si no puedo sola?”. A los quince días de haberme separado, me dio duro: fiebre, debilidad, angustia. Pero más que los síntomas físicos, lo que más dolía era no tener a alguien que me pasara la agüita tibia, que me arropase, que me dijera con voz suave: "aquí estoy". Ese día sentí que me moría más de la tristeza que del virus. La Juana de ese entonces se despertaba con el cuerpo quebrado y el alma hecha un ovillo. Y no era solo por la fiebre, sino por la nostalgia sorda que se arrastra entre las cobijas cuando te enfermas sin nadie que te alcance una agüita caliente o ...

Historias de Uber

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Martín tiene 17 años pero le dice a los pasajeros que tiene 19, porque nadie confía en un conductor de Uber de 17, por más experto que sea. Se aprendió las rutas de Bogotá mejor que cualquier taxista veterano, sabe dónde no meterse después de las ocho y cómo librarse del trancón de la Caracas a las cinco. En su carro siempre hay música, buena música. Dice que el ambiente lo pone uno, no los pasajeros. Uno de sus primeros clientes fue un señor de unos cuarenta, serio, con acento caleño y cara de quien ha visto cosas que no se cuentan. Al principio no hablaba, pero a mitad del recorrido empezó a soltar frases como piedritas de río: redondas, contundentes, sabias. “Ahorre, mijo. Desde ya. Así sea poquito. Ahorre.” Después vino el sermón: que estaba bien que trabajara, que en su vida nunca había visto un sicario o una prostituta millonarios. “La plata que llega fácil, se va volando, como mujer ajena”, soltó con una risa amarga. “Y no jugués con fuego, que te quemás.” Lo dijo dos, tres ve...

Casi Nada

Lo que más duele del casi algo es que es casi nada. Pero lo suficiente para doler. No fue una historia. Ni siquiera un cuento corto. Fue más como un párrafo inconcluso, una frase bonita escrita a lápiz en la mitad de una servilleta arrugada. De esas que uno guarda sin saber por qué, hasta que un día la encuentra y recuerda que también eso existió. El problema del “casi” es que uno empieza a imaginar el resto. Lo que pudo ser. Lo que tal vez. Lo que quién sabe. Y eso llena más que la propia historia. Duele más también. Porque uno no extraña al otro, extraña la promesa. El posible. El lugar tibio al que la imaginación ya se había mudado sin permiso. Antes las conexiones requerían modo, tiempo y lugar, como los crímenes. No era fácil sentir mariposas en el estómago, porque se necesitaba dedicación de ambas partes, coincidir en un mismo instante, en una misma frecuencia. Se requería algo que la gente ya no quiere dar: tiempo . Ahora todo es fugaz. Las relaciones se han vuelto sexualm...

Canciones en el equipaje

  Desde hace algún tiempo, pongo banda sonora a cada una de las cosas que hago. La frase música para planchar ha cobrado un verdadero sentido para mí. Hay música para cada situación: la música de bañarse, de maquillarse, de peinarse, de escribir, de cocinar, de sacarle punta al lápiz, de pasear a la perra, de cantar, de reír, de llorar, de caminar, de hacer oficio… de planchar  claramente.  Cada persona, momento o situación tiene su banda sonora.                                                                                                     A ti te llamaré Colegiala de Paté de Fuá.  Así, la vida se va llenando de razones, sentidos, emociones. Somos emociones, como dice la canción de La Derecha. Adolescencias llenas ...

Volver a tener ganas de escribir

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Lo problemático de las crisis emocionales es que barren con todo. Con la alegría, las ganas de salir, de encontrarse, de compartir, de dormir, de comer, de sacar a la perra, de escuchar música o ver Netflix. En mi caso, y que es de lo que más sufro, es que pierdo las ganas de escribir. ¡Maldita sea! Que la tristeza me quite todo… menos las ganas de escribir. Pensar en las causas de la tristeza puede ayudar a entender que son procesos, parte de la vida, que reconocemos la felicidad porque tenemos la tristeza. Necesitamos el complemento para que la vida esté completa. Sin embargo, cuando la causa de la tristeza fue generada por un ser humano, un tercero… ahí la cosa funciona distinta. El entendimiento reclama: ¿cómo es posible que me quites las ganas de escribir? Llévate toooodo, llévate la cama, la mesa, las cobijas, la estufa, el carro, el cortaúñas, la papelera del baño, el descorchador y el tajalápiz. Pero… noooo las ganas de escribir. El único lugar seguro que queda luego de tu ...