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Coincidencias y panales

 Besos con sabor a cerveza rubia, pizza y emoción. Así empezó. Con la sencillez de lo inevitable, con ese gusto tibio y salado que deja el deseo cuando se disfraza de casualidad. Porque, seamos honestos, no fue una casualidad. Nos pusimos la cita con la misma inocencia con que uno prende una vela en una gasolinera: sabiendo que iba a arder. Después de tantas horas de conversación por WhatsApp, era evidente que ya tocaba verse... y probablemente besarse. Nadie lo habría planeado, pero todo estaba escrito con la torpeza exacta de las cosas que el universo urde cuando se aburre. Ojos grandes, sonrisa amplia, mirada distraída. Y esa mente inquieta, que piensa en nombres de figuras geométricas, que arma conjuntos, intersecciones y coincidencias. Somos una intersección, dijiste. Con esa voz de quien no pretende seducir pero lo hace igual. Y a mí, que no me gustan las matemáticas, me dieron ganas de aprender todas las fórmulas solo para entender cómo dos líneas que no se buscaban podía...

El espejo y la serpiente

Pareciera que el maquillaje no se va. Por más que froto, ahí sigue: esa mancha oscura bajo los ojos, esa línea que no me gusta. Y entonces, la realidad: soy yo. Soy yo con mi ojera, mi gordo, mi arruga, mi todo. Esa versión sin filtros, sin el disimulo del “me acabo de despertar así”. Me miro con detenimiento y pienso en Isabel Allende, cuando en La casa de los espíritus describe el cuerpo de las mujeres con esa mezcla de crudeza y ternura que solo da el tiempo: senos caídos, pieles flácidas, arrugas que no son fallas sino mapas. Porque eso somos: cuerpos vividos. Cuerpos que han llorado, reído, parido, dormido mal, amado bien o regular, y aún así se levantan y se sirven un café. A veces me descubro mirándome como si fuera otra: con curiosidad, sin tanto juicio. La piel tiene historia, pienso. Y las ojeras también. Cada pliegue guarda un gesto, una carcajada que se repitió demasiado, un susto, una tristeza, una noche sin sueño. El cuerpo, cuando una se detiene a verlo sin ...

El chocolate lleva hirviendo hace rato

Mi lugar favorito de la casa es la cocina. No lo supe hasta que me dolió todo. El amor, la separación, la soledad, la vida en general… todo pasa por la cocina. Ahí me siento, con la excusa del agua caliente, a pensar en lo que no quiero pensar. Ahí dejo que el ruido del hervidor tape mis pensamientos, que el vapor me empañe los lentes y me recuerde que estoy viva. Me di cuenta en el dolor —porque una siempre se da cuenta en el dolor— que la cocina ha sido mi refugio. Cuando todo se derrumba, ahí estoy: revolviendo una olla, esperando que hierva algo, aunque sea el agua. Tal vez me gusta la cocina porque el fuego no miente. Uno lo prende y, si no lo apaga, sigue ardiendo. Y justo hoy, mientras escribo esto, el chocolate lleva hirviendo hace rato. Huele mucho. Y nos queremos hacer las que no. Nos hacemos las que no olemos, las que no vemos la espuma subiendo, las que no sentimos el hervor que está a punto de desbordarse. A veces la vida es eso: una olla olvidada que no se ap...

¡Soy dependiente!

A mis amigas! Pensando en el amor dependiente, esta semana me cayó encima una de esas verdades que no avisan. No fue una iluminación mística ni un mensaje del universo, más bien una sacudida suave, de esas que llegan mientras una lava los platos o escribe para no enloquecer. Justo cuando empecé el trabajo que siempre había soñado —ese que le pedí al universo con la terquedad de quien no cree, pero igual insiste—, el universo, con su burla sarcástica de siempre, me lo dio. Y a la semana, me desbarató la vida familiar. Así. Sin aviso, sin anestesia, sin protocolo. Como si la vida te dijera: “Toma, te lo concedo… pero te cobro el resto en lágrimas”. Y aun así, entre los restos, algo se sostuvo. Me sentí acogida, acompañada, querida. Y con el paso de los meses, incluso amada. No de ese amor con flores marchitas y promesas vencidas, sino de ese otro amor cotidiano: el del “¿ya comiste?”, el del chocolate guardado en el cajón, el del mensaje a media tarde que dice “te extraño el chisme”. Ahí...

Un año después

 Y pasó un año. Después de todo, la famosa frase “de amor nadie se muere” empieza a tener sentido real, no como consuelo barato sino como constatación empírica. ¡Sobreviví! Han sido 365 días aprendiendo a vivir distinto. 365 días ensayando la vida sola, aunque a ratos acompañada —a veces con buena compañía, otras con la que toca. A veces con paz mental y otras con tormenta interna. Con la certeza de que lo anterior era lo que no estaba bien, pero con la incertidumbre de qué carajos hacer ahora. Los primeros días eran pura supervivencia. Comer era un acto de fe: cada bocado venía con la pregunta ansiosa de “¿cuándo se acaba esta sensación horrible?”. Me obligaba a tragar porque, dicen, hay que seguir viva aunque duela. Hoy, doce meses después, entiendo que los tiempos de duelo son tan personales como las cicatrices. Que no hay recetas. Que cuando una de verdad suelta lo que le hacía daño, las cosas empiezan a fluir. En este año conocí gente, me inventé planes, bailé canciones ...

Sobreviví

Cuántas veces me emborraché tratando de superar esto… ya no tengo la cuenta. Fueron demasiadas. Cuántas veces lloré… tampoco sé. Pero sé que fueron más que las veces en que me emborraché. Y al principio, cuando todo parecía venirse abajo, cuando la tristeza ma invadía hasta los huesos y la vida parecía no tener bordes, yo solo me preguntaba: ¿Cuándo va a pasar? ¿Cuando voy a dejar de sentir este dolor? Se lo preguntaba a mis amigas y mi amigo. Una y otra vez. Aburridos de escuchar Fito Paez, me decían, con su amor infinito, que no había respuesta.  Que para cada persona es distinto. Esa incertidumbre me llenaba de ansiedad. Buscaba señales, respuestas en todo. Me dolía el brazo izquierdo. Me dolía el pecho. Juraba que me iba a dar un infarto. Y es que, cuando uno está así de triste… el corazón se rompe. Y no como metáfora, no. Se rompe en serio. Se rompen las fibras, una a una. Tantas fibras tiene el corazón, que no sabes cuántas se han roto hasta que todo tu cuerpo duele. ...

Jeyson y el hilo rojo

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Las Diosas, que no tienen nada mejor que hacer que jugar con las vidas ajenas, ataron a Juana no uno, sino varios hilos rojos. No por desordenadas, sino porque sabían que su corazón no era para un solo destino. Ella iba a morir a mitad del camino y reencarnar. Ella iba a necesitar varios fuegos para encender sus ganas de vivir. Uno de esos hilos apareció hace veinte años, con un hombre que se volvió cicatriz, recuerdo y espinita al mismo tiempo. Un amor breve, pero de esos que se quedan como un tatuaje invisible: arde cuando lo tocas con la memoria. Y aunque Juana tomó otro camino, el universo, sarcástico y burlón como siempre, estira ese hilo de vez en cuando, solo para tentarla. Otro hilo, más grueso y pesado, la ató por veintiún años a un hombre que fue sombra, rutina y costumbre. Un hilo que parecía amor hasta que un día empezó a apretar tan fuerte que casi le roba el aire. Y Juana, valiente y con cicatrices en el alma, decidió cortarlo. Porque a veces soltar no es perder: ...

Reencarnada y conectada: una red de hombres, fórmulas y vacíos.

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 Lo bueno de haber vivido tanto a tan corta edad es que cuando todo termina, se siente como si una hubiera muerto y reencarnado. Con la distancia del tiempo, las escenas del pasado aparecen así, en tercera persona: —Ah sí, eso yo lo viví... pero en mi otra vida. —Ah sí, claro, eso fue antes de que reencarnara. Duré 20 años frecuentando a las mismas personas, en los mismos espacios, con el mismo entorno, el mismo código. Y ahora, cada vez que conozco a alguien nuevo —cosa que ocurre con cierta frecuencia desde que decidí volver a estar viva— pienso inevitablemente en la teoría de redes de Leonhard Euler. Sí, esa. La que dice que todo sistema —personas, neuronas, ciudades, ideas— se comporta como una red, compuesta por nodos (las personas) y enlaces (las conexiones). Y no lo digo yo. Lo dice la matemática, la sociología, la física, la computación y hasta el algoritmo de Instagram cuando te sugiere el ex del ex de tu amiga que alguna vez fue tu casi algo. Y según esta teorí...

El frabulloso día.

Mis dos hijos nacieron en domingo. Uno cinco años después del otro. Mis dos hijos llegaron con el número 5. Uno a las 5:00 a.m. El otro a las 5:00 p.m.         Hoy hace 18 años me estrené como mamá. Hoy hace 13 años tuve a mi último hijo. Hoy hace 18 años de mis pechos brotó leche por primera  vez. Hoy hace 13 años sería la última vez que lactaría en mi vida. Soy madre desde hace 18 años.  Los he visto crecer.  Los he visto reír.  Los he visto llorar. Y ellos a mi.  Hoy es el frabulloso día.  Un día para celebrar su vida y mi maternidad.

Entre Drexler, los algoritmos y mi falta de cordura.

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  Últimamente siento que el algoritmo me quiere decir algo. Que el universo me quiere gritar algo. Porque últimamente Jorge Drexler está ahí. Suena sorpresivamente una canción en la radio… la trama y el desenlace. Entro a Instagram y me lo encuentro en un en vivo, ahí mirándome con esa cara de sabio cómplice que se ha leído todos tus diarios íntimos, esos diarios que ni siquiera escribiste. Conozco a una nueva persona y de pronto… ahí está saliendo Drexler en medio de las conversaciones con un apenas encontrado. No sé si es brujería, sincronicidad, o que le di demasiados likes a videos suyos mientras lloraba con vino, pero el hecho es que Drexler está en mi vida. Y no pienso echarlo. Disfruto inmensamente su compañía, su voz sexy y sabia. Hoy me apareció “Tinta y tiempo” como quien no quiere la cosa. Y ¡pum!, me acordé que el tipo además de cantautor es médico, uruguayo, filósofo accidental, poeta contemporáneo y probablemente parte de una orden secreta de hombres que saben dec...